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Todo ha ido bien (Tout s’est bien passé) (***)

27 enero 2022
Todo ha ido bien

Emmanuèle, una novelista con una vida privada y profesional plena, se dirige al hospital cuando se entera de que su padre acaba de tener un accidente cerebrovascular. Cuando se despierta, debilitado y dependiente, este hombre amante apasionado de la vida le pide a su hija que le ayude a dar el paso final.

Partiendo de la novela escrita por Emmanuèle Berheim, de corte absolutamente autobiográfico, François Ozon ha elaborado un relato sobre la eutanasia. No quita para encontrar en el mismo las señas más significativas del director francés. Sobre todo, el aspecto claustrofóbico de su cine. Nos puede llevar a espacios abiertos y, sin embargo, apretarnos la garganta con un nudo invisible, o aprisionándonos el pecho a causa de la angustia o de su comprometida temática.

Únicamente se aparta de sus anteriores trabajos en la parte final. No se produce el vuelco habitual en sus filmes. En este sentido, el desarrollo es bastante más lineal y aunque se espera el giro ulterior, y parece que todo nos va a llevar hacia él, la historia se mantiene dentro de unos cauces rígidos. Aunque también lo suficientemente amplios como para no agobiarnos más allá de la fortaleza de las imágenes. Nos revolvemos en la butaca, estamos a disgusto, pero la propuesta nos atrapa por el talento de su autor.

La protagonista –Sophie Marceau-, del mismo nombre que la autora del texto, es una escritora felizmente casada que un día recibe una llamada telefónica para informarle de que su padre, el industrial André Berheim -André Dusollier- ha sufrido un accidente cerebrovascular. Junto a su hermana Pascale -Géraldine Pailhas- se alternan para acompañarlo por diferentes hospitales a lo largo de una recuperación que se antoja larga. En una de esas jornadas interminables, André le pide a su hija que le ayude a dar el paso final, a terminar con su vida.

En un primer momento, solo encuentra rechazo, pero el padre es una de esas personas a las que no se les puede decir que no. En esos momentos, la película ha conseguido altas cotas dramáticas. Resulta especialmente dolorosa y el posible rechazo que pueda proporcionar se equilibra con la fortaleza de las imágenes. Hay momentos, no obstante, que frenan el desarrollo. Tienen que ver con los flashbacks en los que se amplían los desencuentros paterno filiales desde que la muchacha era una niña. No era necesario subrayarlo tanto.

Cierto que André es un tipo difícil. Judío y homosexual declarado, no le impidió desposarse con Claude de Soria -Charlotte Rampling-, una escultura aquejada de Parkinson. Las relaciones entre los miembros familiares siempre han sido complicadas, aunque Emmanuèle confiesa repetidamente su amor por su padre. Por eso contacta con una empresa suiza especializada en el último momento y, de la mano de una ex magistrada que trabaja para la citada entidad – Hannah Schygulla-, prepara todo lo necesario para cumplir la voluntad de André.

La decisión choca con las autoridades francesas. La legislación del país vecino no permite la ayuda en la muerte. Si se hace, conlleva pena de cárcel. Además, hay un importante porcentaje de clientes que se retracta de su idea y, en este caso, existe una familia, nietos incluidos, placeres de la vida a los que resulta difícil renunciar, y la realidad de un hombre curioso por naturaleza y apasionado de la vida.

De esta forma, Ozon vuelve a tratar el tema de la muerte, recurrente en su filmografía, especialmente en títulos como El tiempo que queda o Frantz. La segunda parte de este trabajo sigue manteniéndose a gran altura, pero no es tan fuerte como el arranque. El nudo en la garganta se relaja y la opresión no resulta tan fuerte. Aun así, tampoco resulta un canto a la vida. Mas bien, a los sabores dulces de tiempos pasados y a los recuerdos amables cuando se está postrado en una cama de hospital en un estado de movilidad absolutamente reducida.

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