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El hombre que vendió su piel (L’Homme qui a vendu sa peau) (*)

4 abril 2022
El hombre que vendió su piel

Sam Ali, un joven sensible e impulsivo de Siria que abandona su país poniendo rumbo hacia el Líbano huyendo de la guerra. Para poder viajar por Europa y vivir así con el amor de su vida, acepta tatuarse la espalda a manos de uno de los artistas contemporáneos más importantes que existen.

Hay un aspecto que nos interesa mucho de esta película del tunecino Kaouther Ben Hania. Tiene que ver con la libertad del individuo y con el trato absolutamente diferente entre los límites del arte y la geopolítica universal. Un hombre puede ser capaz de huir de la guerra y convertirse en un refugiado. Sin embargo, si forma parte de un proyecto artístico se le abren las puertas de todos los países occidentales y, además, consigue dinero en abundancia.

Sam Ali -Yahya Mahayni- vive en Raqqa, Siria. Está enamorado de una mujer, pero los planes de boda que pactan entre ellos son imposibles. Ella pertenece a una familia acomodada, supuestamente adicta al régimen y confían en que la chica se case con un diplomático. No obstante, Sam manifiesta públicamente su disposición a casarse con ella y pronuncia un par de frases sobre la libertad que resultan suficientes para ser encarcelado. Un primo policía hace la vista gorda y permite que se fugue, estableciéndose en Líbano como refugiado.

Trabaja como sexador de pollos y aprovecha cualquier evento cultural para saciar su estómago con el cáterin correspondiente y aprovisionarse de viandas. En una exposición es descubierto por Soraya Waldi -Monica Bellucci-, que se lo presenta al célebre protagonista del acto. Jeffrey Godfrey -Koen de Bouw- es un artista reconocido en todo el mundo y cualquier obra, con solo llevar su firma, vale millones de euros. No tarda en proponerle a Sam que le ceda su espalda para un nuevo proyecto.

Godfrey tatúa en la espalda del refugiado la visa que permite el tránsito por todo el territorio Schengen. A cambio, le conseguirá un pasaporte y un tanto por ciento de los beneficios. El contrato implica que deberá exponer su torso en todo museo o exposición que reclame la obra del artista. Pasa de mendigar alimentos a instalarse en hoteles de cinco estrellas y cenar caviar. El protagonista ha conseguido la libertad que ansiaba. La guerra de su país queda muy lejos y sigue comunicándose con su amada Abeer -Dea Liane- a través de las redes sociales.

El argumento de la primera cinta tunecina que compitió en la recta final de los Oscar está basado en una historia real. Tim Steiner lleva un tatuaje en su espalda, obra del artista belga Wim Delvoye. En 2008 firmó un contrato por el que se embolsaba ciento cincuenta mil euros a cambio de tres exposiciones anuales y el desmembramiento tras su muerte. Quizá por eso la acción se traslada a Bruselas, donde ahora vive Abeer con su marido. Tras varias acciones, el protagonista percibe que la libertad que buscaba se encuentra ahora en entredicho.

El arte no tiene fronteras, pero el ser humano sí. Esa es la moraleja de un film en el que Kaouther Ben Hania hace honor al núcleo central de su propuesta. Desde el inicio juega con los colores, la luz y los espejos en pos de una belleza visual convincente. Lejos de buscar bisectrices, los reflejos siempre son distintos al origen. Un detalle que enriquece todavía más una propuesta que, por el contrario, se devalúa con la historia de amor.

La relación de la pareja diluye el tenebroso punto de partida. Sam es un refugiado sin apenas posibilidades de cambiar su status, pero el hecho de que un artista famoso le tatúe una visa en su espalda le abre todas las fronteras. Sin embargo, no duele que sea subastado como si fuese una mercancía. Al fin y al cabo, en sí mismo, es una obra maestra por el simple hecho de estar firmada por un artista eminente. Son las contradicciones de nuestra época y de una sociedad que haría bien en considerar sus parámetros.

From → Cine

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