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La piel en llamas (**)

23 mayo 2022
La piel en llamas

Frederick Sálomon es un fotoperiodista de guerra que consiguió la fama internacional al capturar la imagen de una niña volando por los aires como consecuencia de una explosión. Veinte años después regresa al país donde tomó la emblemática fotografía para recibir una distinción de manos del Gobierno democrático.

El propio autor de la celebrada pieza teatral homónima, que ha disfrutado de múltiples representaciones incluso fuera de España, es coautor de este guion llevado a la pantalla por David Martín Porras. El dramaturgo Guillem Clua centra su obra en un país imaginario de África, donde veinte años atrás tenía lugar una guerra civil en la que Frederick Sálomon -Oscar Janeada-, era uno de los corresponsales bélicos. Como fotoperiodista, tomó una instantánea que se convirtió en emblema del conflicto y fue premiada internacionalmente.

Veinte años después regresa al país para recibir una distinción del Gobierno actual, representante de una democracia incipiente a la que todavía le queda mucho terreno que ganar. Se instala en el mejor hotel, del que se queja por sus deficiencias en una propuesta que va de menos a más. El protagonista no tarda en recibir la visita de una reportera que trabaja en el único periódico que se mantiene después de que se hubiera cerrado una publicación crítica con el actual ejecutivo. El rodaje en Tenerife facilitó la presencia en el reparto de Ella Kweku.

Los dos personajes llevan a cabo una conversación que intenta ganar en intensidad y donde se pone en evidencia los remordimientos derivados de su pasado. El fotoperiodista no consiguió superar el éxito de su instantánea y no ha conseguido volver a empuñar una cámara desde hace tiempo. Ella indaga sobre los pasos que dio su interlocutor tras retratar el momento en el que una niña salía de la escuela y era alcanzada por la onda expansiva de una explosión. Sálomon captó el momento preciso en que volaba por os aires con el fuego detrás.

Se intenta mantener una cierta intriga, pero el espectador descubre detalles que se intentan ocultar hasta la parte final. Lo que se pone en evidencia es que la mujer no parece demasiado profesional a tenor de su comportamiento, aunque sí sabe efectuar las preguntas necesarias para desarmar al entrevistado. Paralelamente, vemos la relación entre un médico -Fernando Tejero- y otra mujer nativa –Lidia Nene-. Ella, con la espalda quemada, se entrega sexualmente al galeno a cambio de que se esfuerce en los cuidados de su hija, que está en la UCI.

El pasado, el presente y el futuro de los cuatro personajes está íntimamente ligado, aunque entre ellos no sepan de la identidad de los demás, salvo las que corresponden a los dos varones. Las sorpresas se intentan mantener hasta el desenlace, aunque puedan resultar más o menos evidentes. David Martín Porras deja pistas salpicadas a lo largo de la narración, que comienzan con la primera secuencia, donde vemos a una mujer de color, cuyo rostro queda oculto por la vegetación, que yace sin vida en el patio del establecimiento hotelero.

La puesta en escena, algo repetitiva, no puede ocultar la procedencia teatral, aunque el esquema gana enteros cuando las dos pareja protagonistas se pueden ver prácticamente en paralelo. El responsable del film lo muestra como dos historias convergentes, inicialmente separadas entre sí, y con una cierta confusión, hasta que confluyen finalmente. La interpretación muestra tantos altibajos como el conjunto. Hay momentos de sobreactuación y un personaje que parece muy alejado de los registros habituales de Fernando Tejero.

From → Cine

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