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Rodin (*)

21 agosto 2018

Amores al borde del infierno

Con cuarenta años, el escultor Auguste Rodin recibe el primer encargo por parte de la Administración francesa. Poco después conoce a Camille Claudel, en quien descubre un potencial muy superior a la que pudiera ser una simple ayudante. Su relación se extiende durante una década y el artista nunca se recuperará de la ruptura.

Un cineasta muy experimentado como Jacques DoillonLe petit criminal, 1990-, un actor consagrado de la talla de Vicent Lindon y un artista reconocido mundialmente, como es el caso de Auguste Rodin, auguraban un biopic potente o, al menos, muy interesante. Contra pronóstico, el resultado es decepcionante. Le falta, sobre todo, pasión, lo que no es lógico si tenemos en cuenta el personaje sobre el que gira el film.

Descorazona que la historia gire, fundamentalmente, en los amoríos del artista. El padre de la escultura moderna, que rompió los cánones imperantes en el siglo XIX, se esboza, pero se pasa de soslayo para entretenerse más con sus relaciones con las mujeres. La principal fue Camille -Izïa Igelin-, hermana de Paul Claudel, a quien conoce cuando tenía 42 años y por el empeño de ella, que contaba apenas diecinueve, en incorporarse a su taller como ayudante. Muy ponto, Rodin atisba que no se trata de una persona más dentro de sus aprendices, sino que su potencial va mucho más allá hasta casi equipararse con el maestro.

Una década duró su relación, de la que Rodin salió profundamente herido. Nunca consiguió recuperarse de aquella simbiosis junto a la que fue su musa y su amante. No se cita en el film la compra, 1880, cuatro décadas después del nacimiento del artista, por parte del Estado de La edad de bronce: Significaba un hito importante para un hombre que no había cursado estudios en la Academia. En agosto de ese mismo año, la Administración le solicita una puerta decorativa que representara a la Divina Comedia y que sería bautizada como La puerta del infierno.

Ese es el punto de partida del film, cuando Rodin compartía su vida con Rose Beuret -Séverine Caneele-. Poco después se produce el encuentro entre los dos protagonistas, y del encargo oficial y de aquella unión surgen las grandes obras que identifican al genio, como El pensador o El beso. Camille, a quien dedicó su propio busto, aparece en la mayor parte de las pequeñas esculturas que jalonan la puerta, durante cuya composición se le acusa a su creador de ser aun más pesimista que Dante, a lo que él se opone exponiendo argumentos convincentes. A pesar de la pasión vivida entre ambos, él se siente incapaz de abandonar a su esposa. Sobre todo, por su miedo a la soledad.

Esa circunstancia le permite a Doillon componer un personaje huraño, perfeccionista, taciturno y retraído. Muy afectado, también, por la crítica de sus obras, que llegaron a su cénit negativo con sus trabajos sobre Honoré de Balzac y Víctor Hugo, encargado inicialmente y posteriormente rechazado por la Sociedad Nacional de Bellas Artes. A cambio, contaba con la bendición de otros genios rompedores con el arte imperante hasta ese momento, como Claude Monet -Olivier Cadiot- y Paul Cézanne -Arthur Nauzyciel-. La exposición que compartió con el primero significó el aldabonazo total a su prestigio, aunque para ello tuviera que pelear por conseguir un espacio mucho más amplio que el que le permitían las creaciones del pintor.

Los amores de los dos personajes principales quedaron mejor retratados a finales de los ochenta en Camille Claudel, con Isabel Adjani y Gerard Depardieu como intérpretes. Incluso posteriormente, en 2013, con Juliette Binoche dando vida a la artista. La pretensión de mostrarnos un Rodin más reflexivo, y perfeccionista obliga a un lastre muy pesado, y tampoco funciona el erotismo que destila la historia. Tanto por sus amores con su amante, la relación su esposa y como por sus devaneos casi constantes con modelos o aspirantes, el film resuma sensualidad, pero la simbiosis no funciona y se queda siempre corta en sus ingredientes que, en ningún momento, consiguen mezclarse con acierto.

Como cualquier artista que se precie, Rodin se codeó, o al menos tuvo relación, con la flor y nata de la época. Sin embargo, del tedio ni siquiera nos saca el desfile de personalidades artísticas irrefutables, como el propio Víctor Hugo -Bernard Verley- o el poeta Rainer Maria Rilke -Anders Danielsen Lie-. Pese a todo, la película funciona mejor cuando busca su parte más creativa y elude el corsé de la biografía. Su relación con Camille, que al fin y al cabo preside la producción, pierde fuerza por algunas circunstancias tópicas, como el hecho de que ella no entienda que su amante sea incapaz de abandonar a su esposa. En todo caso, se trata de dos personalidades creativas muy importantes. Hay que recordar que la escultora posee su propio museo en la región de Campaña.

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