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El faro (The Lighthouse) (***1/2)

8 enero 2020

El faro – Duelo en la bruma

En el siglo XIX un farero ayudante llega a una isla de Maine aislada y rodeada de bruma. Allí se encuentra con un veterano adicto al alcohol. La tensión entre ambos va en aumento en medio de un clima de desconfianza mutua y propiciado por la soledad y el clima inhóspito.

Este es un ejemplo incontestable de lo que se puede hacer con una gaviota cabreado y dos actores que se entregan sin reservas, un guion bien estructurado y un director con talento. A ello hay que unir una fotografía escandalosamente buena para degustar una película en la que el drama desemboca en el terror, manteniéndote en vilo desde el inicio con una puesta en escena consecuente y una historia que castiga psicológicamente a la que se le han añadido unas gotas de suspense para que no faltase de nada.

Después de mostrar sus credenciales con La brujaThe Witch, 2015-, Robert Eggers se basa en un relato inconcluso de Edgar Allan Poe para que, junto a su hermano Max, presente un guion original lleno de fuerza e interés. La acción arranca en Maine, en aguas de Nueva Inglaterra, donde un hombre joven llamado Ephraim -Robert Pattinson- llega para ser ayudante del veterano farero, Thomas -Willen Defoe-.

Hasta bien sobrepasado el minuto siete no hay una sola línea de diálogos. Únicamente sonidos, una exposición en 4:3 y la fotografía de Jarin Blaschke en blanco negro, pero luciendo una escala de grises que llama poderosamente la atención. El barco en el que arriba Ephraim ha emergido de entre la niebla. El faro luce poderoso y el sonido casi constante de la sirena anuncia un entorno beligerante. Poco después no quedan en la isla nadie más aparte del recién llegado y el hombre mayor. Deberán entenderse durante cuatro meses llenos de soledad en el que el graznido de las gaviotas y la linterna que luce en lo alto parecen las únicas posibilidades de desviar su atención.

Desde el primer encuentro suponemos que no habrá un acercamiento fácil entre ambos protagonistas. Thomas recibe al nuevo empleado con ventosidades y marcándole muy bien el terreno. Le llama muchacho y le encarga las tareas menos selectivas. Nada de encargarse del faro y sí de la limpieza y de otros menesteres semejantes. Sobrepasados los primeros veinte minutos comprendemos que no hay solución entre los dos hombres, y que la historia tiende hacia la tragedia. Para ello, se estiman dos motivos fundamentales, el alcohol tan preciado por el hombre mayor y el secreto que marca a su compañero. Poco a poco se van desvelando detalles al tiempo que la tirantez se incrementa, reforzada por la dureza climatológica y un paraje hostil.

La desazón se encarga de agitar al espectador. La conversación sube de tono y la muerte acecha en la isla inhóspita y desierta. El olor a ese mar bravío traspasa la pantalla y nuestras bocas se llenan de sal y amargura viendo como esos dos hombres se destrozan mutuamente, o al menos despedazan lo que quedaba de ellos. Thomas se empeña en narrar historias por la noche y Ephraim camina en línea recta hacia la locura. Ambos están desatados. Dos fuerzas de la naturaleza incontrolables que buscan la muerte y proporcionan al conjunto una serie de vaivenes inesperados que comienzan a hacernos mella. Casi tanto como a los propios personajes.

Willem Dafoe firma un trabajo irrefutable, a la altura de los mejores de su carrera y refrenda las buenas actuaciones que viene cuajando en los últimos años. Es quien arrastra y tira de Pattinson hasta el punto de que, en la réplica, el que fuera amado vampiro casi se coloca a su altura. Un duelo intenso, sumergido en una empresa psicológica que desemboca en la más absoluta vileza.

Podríamos hablar de un cine experimental que mama a fondo del expresionismo alemán. Las sombras y los grises. Friedrich W. Murnau, Fritz Lang y Georg W. Pabst se recuerdan entre la bruma, la luz de un quinqué o la proyección de las sombras. Tanto la fotografía como el sonido ejercen más allá de simples apoyos. Son personajes en sí, y de gran relevancia en un duelo descomunal entre dos personas que rayan la locura. De repente, la cinta torna en un divertimento dentro de la enajenación colectiva. De alguna forma, no consigue la trascendencia a la que apuntaba. La sensación final es que el resultado es menos eficiente de lo que parece.

No por ello se le deben restar méritos a esta producción, ganadora del premio FIPRESCI en la Quincena de Realizadores de Cannes. También ha sido valorada en las listas de diversos galardones, tanto especializados en cine independiente como en productos comerciales. Principalmente, han salido ganando la excepcional fotografía, el trabajo de Defoe y la dirección de Robert Eggers.

From → Cine

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