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Experimenter: La historia de Stanley Milgram (Experimenter) (***)

24 agosto 2016

A comienzos de los años sesenta, el psicólogo Stanley Milgram inició una serie de experimentos por los que su figura resultó controvertida. Tras evaluar la reacción de una persona a las órdenes de un superior, profundizó en sus estudios acerca del mundo pequeño, la carta perdida y el relativo a la esquina de la calle.

Aunque figure en la lista de los cincuenta psicólogos más citados durante el siglo XX, si no hubiese sido por la transposición al celuloide de su biografía, los legos en la materia es muy probable que jamás hubiéramos oído hablar de Stanley Milgram –Peter Sarsgaard-. Sus estudios acerca de la obediencia a la autoridad fueron tildados de sádicos por buena parte de la población. Ellos son los que ocupan la primera parte de esta puesta en escena de Michael Almereyda, quien debutara en la dirección en e1989 con Twister. Durante esas actividades, Stanley se enamoró de Alexandra Shasha –Winona Ryder-, que sería la madre de sus dos hijos.

El protagonista parecía obsesionado por los sucesos del Holocausto y sus investigaciones en la Universidad de Yale se efectuaron mientras tuvo lugar el juicio de Adolf Eichman, uno de los mayores criminales nazis que alegó en su defensa obediencia debida. Los experimentos de Milgram consistían en que voluntarios convertidos en maestros se sometieran a un proyecto en el que debían efectuar descargas a un alumno al que no podían ver cuando se equivocara en una respuesta. La electrocución llegaba a más de doscientos voltios entre gritos de desesperación y renuncia del supuesto afectado. En realidad, se trataba de James Donough –Jim Gaffigan-, asistente del doctor, que no recibía ningún shock.

Contra pronóstico, sólo un mínimo porcentaje de los voluntarios se negaron a emitir nuevas descargas. Si bien la mayoría cuestionaban seguir adelante, una vez recibida la orden de continuar tampoco ofrecían más objeciones. Los había, incluso, que parecían disfrutar o, cuando menos, no rechistaban.  En la pantalla, asistimos a esas circunstancias con una profusión de diálogos y una puesta en escena sobria, con elementos de la época pero con la austeridad propia de un experimento universitario de este calibre.

Las curiosidades de Milgram no se detuvieron ahí, sino que continuó adelante con otros proyectos, bien en Yale o en Nueva York. También hubo de hacer frente a las protestas populares con relación a la ética de sus propuestas, razón por la que nunca fue admitido como profesor en Harvard. Sus estudios del mundo pequeño vinieron a rematar los que sus colegas de profesión venían analizando desde principios del siglo pasado. Consiste en que una persona envía una carta a otra que desconoce situada en otro lugar del país. Lo que hace es  remitírsela a alguien que cree que puede conocerle o que puede saber de alguien que sea su amigo. A veces, la cadena se rompía, otras había una conexión entre ambos sujetos, pero Milgram llegó a la conclusión de que la gente en Estados Unidos está conectada por una cadena de seis personas de media.

La carta perdida consiste en enviar una misiva a diferentes asociaciones y cargos reconocibles y dejarla tirada en la calle, en el parabrisas de un automóvil o en cualquier otro lugar. El psicólogo norteamericano estableció que el mayor porcentaje de los sobres era remitido a su destino siempre que se tratase de una organización amable, léase ONG o similar, pero que solían extraviarse cuando se dirigían al Partido Nazi u otras  entidades afines. El porcentaje de cartas abiertas iba en relación proporcional a la afinidad mostrada.

En cuanto al experimento de la esquina de la calle, Milgram, que falleció a los 51 años como consecuencia de un infarto de mercado, estudió el comportamiento de los transeúntes cuando una persona situada en una intersección miraba constantemente al cielo. Comprobó que cuantas más personas mirasen hacia arriba en un determinado punto, muchas más se detendrían para imitarlas. La conclusión es que cuanta más gente haya haciendo algo más las imitarán en la creencia de que  tienen una buena razón para ello.

La película se centra más en los experimentos de su protagonista que en la elaboración de un biopic al uso, con los elementos dramáticos necesarios para captar la atención. En este caso, los trabajos de Stanley Milgram resultaban tan absorbentes que por sí mismos justifican el interés. Bien es cierto que cualquiera podría predecir el resultado de los mismos, pero había que demostrarlo. Ese es el mérito de este psicólogo de mente fría dispuesto a cumplir sus retos.

Otro punto interesante de esta producción, aparte de las escenas reales durante los títulos de crédito es la presencia de un ramillete de secundarios más que interesante. Encabezados por John Leguizamo, tenemos la ocasión de reencontrarnos con Anthony Edwards y Lori Singer, que gozaron de gran popularidad en los ochenta, así como el recientemente fallecido Anton YeltchinStar Trek-.

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