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Stefan Zweig: Adiós a Europa (Stefan Zweig: Farewell to Europe) (***)

24 abril 2017

El intelectual austríaco Stefan Zweig se vio obligado a huir de su país por su condición de judío a mediados de los años treinta del siglo pasado. Tras pasar por distintas ciudades europeas y americanas se refugió en Brasil, donde terminó suicidándose por temor a que el nazismo se extendiera por todo el planeta.

A finales de los años treinta Stefan Zweig era un personaje muy popular gracias a sus ensayos y a sus biografías. Delicado en sus descripciones, sus textos suelen interesar desde el primer momento. Por donde iba le sonreía el éxito y la admiración, aunque tras su suicido, en 1942, la importancia de su obra fue decayendo hasta quedarse prácticamente bajo mínimos. La etapa de su vida en la que abandonó su país, debido a su ascendencia judía, le ha permitido a la actriz y cineasta ocasional Maria Schrader aportar una visión muy particular y diferente acerca de los albores de la II Guerra Mundial, cuando el continente americano se convirtió en el lugar de acogida de muchas familias que escapaban de la reciente barbarie promovida por Adolf Hitler.

Con cuatro actos, un prólogo y un epílogo, la cinta recorre los seis últimos años de la vida de Zweig –Josef Hader-, cuando va dando tumbos por América buscando un lugar donde asentarse. Las secuencias iniciales y finales se componen de un plano fijo que, en principio, sirven para presentar la fama del personaje central durante una recepción en Brasil y, sin su imagen, justificar el último acto de su existencia. En el resto del metraje se muestra a un personaje vacilante, que en ningún momento las tiene todas consigo, y que decide asentarse finalmente en Petrópolis, en un país que le reverencia y que, contradicción por contradicción, terminaría por acoger a diversos supervivientes del nazismo. Lo haría definitivamente en 1941, después de publicar Novela de ajedrez.

En su huida del genocidio nazi, que anticipó, pasaría por Nueva York y Argentina, pero hizo suya la frase de Américo Vespucio al ver la bahía de Río de Janeiro: Si el paraíso existe en alguna parte del planea, no podría estar muy lejos de aquí. No nos encontramos con un biopic al uso, ni tampoco con una crónica del caldo de cultivo de la Segunda Guerra Mundial. En la capital bonaerense, en una conferencia de prensa relacionada con un encuentro de miembros del PEN, una sociedad que englobaba a pensadores, ensayistas y novelistas, no se atrevió a criticar el régimen de Hitler. Ni él presionó contra el dictador ni el PEN se convertiría en un grupo de presión, ni tan siquiera intelectual. Actuó al igual que el gobierno argentino, que no condenar el régimen de Franco pero afirmó sentirse solidario con el pueblo español.

María Schrader firma una película que se aproxima más a lo ampuloso que a lo trascendente. Sabedora de que tiene un magnífico material entre manos, se recrea en la puesta en escena. Narra con acierto la decepción galopante de su personaje, aunque se muestre contradictorio en algunas fases. No quiere hablar de política, pero en sus textos no puede obviarla. Tampoco en sus actos. Decidido, deja todo atado, incluso a su nueva mascota, porque quiso finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro, y la libertad personal el bien más preciado.

La cinta tiene su momento álgido con el reencuentro de Zweig con su primera esposa, Friderike, que encontró refugio en la casa neoyorquina de Maggie Saphiro. Gracias a ella, Barbara Sukova ofrece una de esas firmes y convincentes interpretaciones a las que nos tiene acostumbrados. Se divorció de ella en el 1838, un año antes de casarse nuevamente. Lo hizo con Lotte –Aenne Schwartz-, sensiblemente más joven que él y con la que viajó por el interior brasileño, visitando pequeños lugares cuyos habitantes estaban deseosos de honrarles como invitados.

Hay ocasiones en las que la propuesta intelectual intenta restañar las heridas surgidas de una puesta en escena demasiado ampulosa, que se echa en manos de la rigidez. Con fases en las que el mundo parece detenerse, y otras en los que se ofrece una exhaustiva lista de nombres para recordarnos los grandes autores en alemán, encabezados siempre por Thomas Mann, el más leído desde 1920. Una forma para reivindica la memoria de Stefan Zweig y referirse a su importancia en vida.

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From → Cine

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