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El sentido de un final (The Sense of a Ending) (**1/2)

6 diciembre 2017

La existencia de un hombre jubilado cambia radicalmente al enterarse que la madre de una novia que tuvo en su época universitaria le ha dejado en herencia el diario del que fuera su mejor amigo. Para recuperarlo, debe ahondar en su pasado y buscar el paradero de aquella joven, convertida en una anciana misteriosa.

Nos encontramos ante otra típica película británica bien rodada e interpretada. Con una factura impecable y que extrae toda su fuerza interior de la premiada novela de Julian Barnes. La adaptación corrió a cargo de un interesante guionista, como es Nick Payne, y gracias a ello se convirtió en el segundo largometraje de Ritesh Batra. La acción se centra en época actual, aunque los flshbacks remiten a los setenta, cuando tienen lugar los hechos que desembocarán en el presente, incluido un halo de misterio que se desvelará en la conclusión.

Piensa el personaje central, Tony Webster –Jim Broadbent-, que la vida es una serie sucesiva de salas de espera. Casi círculos concéntricos en los que se aguada saltar de uno a otro hasta llegar a la vejez, donde todo parece discurrir más despacio. Ritesh Batra se lo tomó al pie de la letra para ofrecer un producto muy masticado, tranquilo, especialmente cuando se transcurre en el presente, y no mucho más ligero en los momentos que recuerda el protagonista, obligado por un una extraña cesión testamentaria.

En su época de colegial, y posteriormente en la Universidad, su mejor amigo era Adrian Finn –Joe Alwyn-. Fue por aquel entonces cuando Tony –Billy Howle-, se enamoró de Verónica Ford –Freya Mayor-. Nunca tuvieron relaciones íntimas, a pesar de que llegó a pasar un fin de semana en casa de los padres de ella, donde fue atendido con especial cariño por parte de Sarah Ford –Emily Mortimer-, un ama de casa tan amable como su esposo y su hijo. Ahora que el protagonista es un anciano recibe la noticia de que ha sido incluido en el testamento de Sarah. Concretamente, la ha legado el diario de Adrian.

Tony está separado, pero no quita para que, en la actualidad, quien fuera su esposa, Margaret Webster –Harrie Walter- sea su mejor amiga y confidente. En sus conversaciones con ella, en sus momentos de soledad y cuando acompaña a su hija Susie –Michelle Dockery- a las actividades pre parto, recuerda con lucidez como fueron aquellos momentos de los setenta. Su preocupación es encontrar a la actual Verónica –Charlotte Rampling-, convertida en una mujer misteriosa, muy diferente a la joven que conoció y de la que no supo nada en mucho tiempo.

En el protagonista se acumulan en este momento de su vida muchos sentimientos de culpa. No sólo con la que fuera su esposa. También con las dos personas que más quiso en su Juventus. Adrian y Verónica llegaron a intimar y ese romance le enfureció de tal modo que escribió una carta dirigida a los dos en tono muy duro, deseando lo pero para ambos. Poco después, quien fuera su mejor amigo se suicidó. Desde entonces ha vivido con ese peso, que ha desembocado en una personalidad huraña y distante.

Ya retirado, regenta un pequeño comercio de compra venta de máquinas fotográficas Leica, como aquella que en su día le regalara Verónica. Un ejemplo más de la búsqueda del tiempo perdido, de los recuerdos de juventud, de atrapar aquellos momentos felices y dejarlos inmortalizados para siempre. Un hecho que se repite constantemente en las personas mayores que, de forma impenitente, echan siempre la vista atrás para recordar pasajes punteros de lo que fue su vida pasada.

El remordimiento figura en esta sentida exposición de Ritesh Batra, tan elegante como la propia ex mujer del protagonista. La historia llega y la película está llena de sentimientos gracias a un Jim Broadbent que controla el tempo casi mejor que el director. Juega con sus pausas, con el personaje gruñón que fue y con el que dará un giro total a consecuencia de unos hechos inesperados. Siempre atento a cada secuencia, aportando lo que su personaje necesita a través de unos diálogos acertados, el resultado final sería muy distinto sin actor de sus cualidades interpretativas. Ese hombre que, desde hace décadas, no pudo ver más allá de sus fantasmas, consigue reavivar los celos, la pasión y el compañerismo de una forma absolutamente creíble que desemboca en un final coherente y apaciguador.

From → Cine

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