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La delgada línea amarilla (**1/2)

16 abril 2018

Todos pintamos algo

Cinco hombres son contratados para pintar la línea divisoria en una carretera secundaria. En quince días, antes de que comience el período de lluvias, deberán cubrir poco más de doscientos kilómetros. El grupo estará dirigido por un trabajador experto que, como los demás, tiene su propia historia y una huella del pasado.

No es necesario seguir el camino de las baldosas amarillas, ni la carretera que nos presenta el mexicano Celso García en su primer film. La historia que nos propone parece absolutamente banal, pero gracias a ella construye una cinta que podría encajar en el género de road movie y que, como suele ser habitual en este tipo de producciones, supone una excusa para relatarnos historias de superación y de amistad. Este título es fiel a esas premisas, pero lo hace desde la sencillez y, sobre todo, a través de la honestidad, aunque presente altibajos y denote en algunos aspectos que busca más la complicidad con el espectador que el abrazo a lo que debiera ser la cruda realidad.

Toño –Damián Alcázar- es el protagonista. Lo encontramos como guarda en un desguace el día en que prescinden de sus servicios. Tiene sesenta años y llevaba once trabajando para esa empresa cuando fue sustituido por un  perro de raza peligrosa para evitar los constantes robos. Allí van los coches a morir y él esperaba el mismo destino en su puesto. Acepta trabajar en una gasolinera donde e explotado hasta que se encuentra con un antiguo jefe, un ingeniero –Fernando Becerril- que le recuerda con cariño aunque no sabe los motivos que desembocaron en que dejara su trabajo cuando estaba muy considerado como encargado de grupos humanos.

Gracias a él obtiene una nueva ocupación, y muy bien remunerada. Será quien se encargue de dirigir a un grupo formado por otros cuatro hombres que deben pintar la mediana de la carretera entre dos localidades del interior. Más de doscientos kilómetros en una carretera de escasa circulación. Así conoce a Gabriel –Joaquín Cosio-, quien desea reunir la cantidad de dinero suficiente para operarse de los ojos y volver a su ocupación como conductor de tráileres; Atayde –Silverio Palacios-, un extrovertido personaje que anteriormente fue el chico para todo en un circo; Mario –Gustavo Sánchez Parra-, que combina su silencio con el misterio que guarda; y Pablo –Américo Hollander- un joven apuesto y de buen corazón, que tiene muchas preguntas por formular.

Ninguno de ellos sabe cómo se pinta una carretera. Toño debe instruirles, mostrarles la máquina, colocar a uno de ellos por delante y otro por detrás para advertir a los conductores que se acerquen a la zona de obra y la forma en que se ha de efectuar el trabajo. Les explica la forma de contar los pasos en los que se debe soltar la pintura y en los que la calzada debe quedar impoluta. Así queda fijada la línea discontinua de cualquier carretera. En el film, con ello se inicia un camino de iniciación y de superación personal.

La apuesta es que la historia vaya in crescendo, como lo hace la misma carretera, que se inicia con una recta larga. Prácticamente, sin problemas durante los primeros cien kilómetros. Poco a poco, se va complicando la calzada, hasta una parte final llena de curvas. Se podría decir que sucede prácticamente al contrario que con los personajes principales de la película. Las dudas y los recelos aparecen al principio, cuando los protagonistas pugnan por conocerse. Conforme se acerca el desenlace parece como si todo fuese cuesta abajo y con licencia para adelantar. Es el momento en que García se muestra más complaciente. Pasa por una historia de amor con la presencia de Lucía –Sara Juárez- que apenas importa, y regala al espectador una solución confortable que culmina con una decisión aparentemente complicada y no tan lógica.
Destaca en esta producción un guion sólido, una puesta en escena efectiva y una interpretación sin tacha a cargo de Damián Alcázar, un veterano actor de cine y tv –Narcos-, que lo mismo rueda en Estados Unidos –Las crónicas de Narnia-, que en España –Héctor-. Es el personaje más redondo, aunque afectado por su pasado, especialmente trágico tras el fallecimiento de su esposa. La bebida le alejó de su único hijo y una enfermedad transitoria de un accidente en el que fallecieron algunos de sus compañeros. A cambio, Celso García pretende desmontar algunos tópicos recientes de su país. Olvida el narcotráfico y las tradiciones más folclóricos para resaltar la hospitalidad, por medio de la figura de Doña Carmen –Tara Parra-. Un detalle más de la permisibilidad del cineasta en esta ópera prima, que supone un hito importante en la carrera del oscarizado Guillermo del Toro como productor.

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