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Las grietas de Jara (**1/2)

16 julio 2018

Entre la duda y el loco

Cuando una atractiva fotógrafa entra en un estudio de arquitectura preguntando por una persona, todos aseguran que no han oído hablar de ella jamás. Mienten. A través de los recuerdos de uno de los arquitectos asistimos a una historia de extorsión que culmina con una muerte. ¿Accidente o  asesinato?

Las grietas existen y pueden apreciarse a simple vista. Grietas en la pared, a resultas de un personaje que quiere ganar dinero fácil. Las ha hecho él mismo para extorsionar al estudio de arquitectura que se encarga de la construcción de un edificio anexo. Grietas también en la mente de los personajes. Separaciones evidentes por las que, en un determinado momento, a cualquier ser humano le obligan a tomar partido, o por lo menos a cuestionarse un a elección.

Así es la idea que cabalga en la ficción de Claudia Piñeiro, autora que ha visto la adaptación previa al celuloide de otros dos trabajos literarios: Las viudas de los jueves y Bebitú y tuya. De alguna forma, ha colaborado también en la transposición de la novela publicada en 2009 y que significa el tercer largometraje de Nicolás Gil Lavedra. Una coproducción hispano argentina en la que, bajo la apariencia de un thriller, se intenta penetrar en los recovecos de la psique humana.

Leonor –Sara Sálamo-, una joven y atractiva fotógrafa, se presenta en el estudio de arquitectura Borla y Asociados. Pregunta por Nelson Jara, pero las tres personas que lo reciben afirman desconocerlo. El cabeza visible de la empresa, Mario Borla –Santiago Segura- reacciona con indiferencia, más insegura se muestra Marta Horvath –Soledad Villamil-, mientras que Pablo Simó –Joaquín Furriel-, el protagonista, guarda silencio y muestra extrañeza. Será a través de sus recuerdos como repasemos los hechos que desembocaron en el anonimato de una persona.

Pablo pelea en varias batallas correspondientes a guerras distintas. Sueña despierto con diseñar obras originales, pero agacha la cabeza ante sus jefes y sigue participando en auténticos nichos habitables, cajas de cerillas construidas con materiales simples. En el hogar las cosas no funcionan mucho mejor. La relación con su esposa –Laura Novoa- es distante y solo le reconforta el cariño de su hija –Zoe Hochbaum-. Cuando Leonor entra en su vida, se nota que es como si llegase un soplo revitalizante de aire fresco.

Otra grieta. La relación entre Leonor y Pablo se estrecha al tiempo que él recuerda sus encuentros con Nelson Jara –Óscar Martínez-. Al inicio, parece que lo vemos cuando el arquitecto sale del suburbano. Es, quizá, un recuerdo al amigo imaginario de Pablo, un hombre llamado Tano Barletta, con quien en la novela mantiene conversaciones inexistentes, y que se ha excluido en el guion cinematográfico. Jara es un extorsionador que pretende sacar dinero fácil arguyendo que la construcción del edificio colindante ha provocado las grietas en una de las paredes de su casa, desconchones que él mismo ha provocado para consumar su timo.

En la historia subyace la tentación de la mayoría de los argentinos por la avaricia. No importa de qué forma se consiga. Cualquiera, se dice en el film, hizo alguna macana, y si no la ha hecho, la hará. Todos los personajes tienen su punto oscuro, incluso la radiante y atractiva Leonor. También Pablo, afectado sin duda por la crisis de los cuarenta. El caso es que Jara apareció muerto en una zanja donde se preparaban los cimientos. Hay que dudar de Mario Borla, pero sobre todo de Marta, ya que todo apunta a que ella golpeó al extorsionador cuando intentaba cerrar un grifo que convertía la zona de trabajo en un lodazal. El finado no tenía parientes reconocidos, ni amigos. Si se le sepultaba en los cimientos, es probable que nadie preguntase por él. La decisión debían tomarla los arquitectos del estudio. Tres años después, aparece Leonor.

Con una música insistente, y a veces demasiado protagonista, Gil Lavedra opta por tonos oscuros para dar la sensación de que la historia es todavía más cerrada. El tempo es adecuado aunque no hay riesgo en la propuesta. La actuación de los componentes del reparto es irregular. Joaquín Furriel transmite los giros de su personaje con seguridad. Pasa de un extremo a otro en la misma secuencia y el actor saca adelante su papel sin profundizar en los matices. Santiago Segura, con su perfecta dicción y algunas palabras inherentes a como se habla en Argentina, parece perderse en su rol dentro de una faena de aliño. Más integrada se muestra Sara Sálamo, mientras que Óscar Martínez luce su eficacia habitual.

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