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Clímax (***)

13 octubre 2018

Danza envenenada

A mediados de los noventa, una veintena de bailarines se reúnen para ensayar en un internado abandonado y aislado en medio del bosque. Tras una coreografía preestablecida y unos movimientos en los que dan rienda suelta a la improvisación, acusan la droga vertida en la bebida y una extraña locura se apodera de ellos.

Será que uno se ha hecho mayor y cree más en la sorpresa que en la provocación. No voy a discutir ahora los méritos artísticos de Gaspar Noé, que tiene también sus defectos, principalmente el hedonismo exacerbado. Le gusta castigar al espectador con la violencia y, especialmente el sexo. Es transgresor de la misma forma que lo fueron otros  en su día, desde Pier Paolo Pasolini a Marco Ferreri, en cuyas fuentes bebe de manera insaciable. Convengo en que en todas sus películas hay mucho de arte pero también de un regocijo similar al de un niño prodigio que se vanagloria en exceso de sus actos, de los buenos y de los más tenebrosos.

Un acontecimiento sucedido en Francia durante los años noventa, que relacionaba a una veintena de bailarines de danza urbana que se aislaron en un internado en desuso situado en lo más profundo del bosque, es un vehículo perfecto para dar rienda suelta a todos sus fantasmas. La historia terminó muy mal porque alguien echó LSD en una bebida y desembocó en una auténtica tragedia cuando afloraron los demonios de cada cual y el sexo dio paso a la violencia.

El film se divide en cuatro partes. En la primera, los bailarines en cuestión contestan un cuestionario ante la cámara que se reproduce en un viejo televisor rodeado de cintas de vídeo que resumen los gustos de su director. Aparece el nombre Fritz Lang, pero también el de títulos de terror, como Suspiria o Silent Hill y hasta La angustia del miedo, una de sus películas inspiradoras. Se habla de sexo, fundamentalmente, también de otras intimidades, del comportamiento social de cada uno y hasta de religión.

En la segunda parte, la de mayor valor fílmico, los bailarines ejecutan una larga coreografía a plano fijo moviéndose al son de la música electrónica. Es difícil no sorprenderse con unos movimientos que implican tanto o más a los brazos que a las piernas. Magnífico. Se pasa de inmediato a confesiones, casi todas ellas en pareja, donde el sexo se eleva por encima de cualquier otra cuestión. El erotismo se refuerza con palabras. Son las conversaciones las que suben la temperatura y desatan la líbido.

Dos muchachos de color conversan sobre sus atributos, David –Romain Guillermic- se alaba a sí mismo afirmando que todas las chicas han pasado por su cama. Un par de lesbianas pasan por horas bajas en su relación y una atlética y musculosa bailarina está decidida a que desfilen por sus brazos un par de tipos que hablan de lo mismo. Selva –Sofia Boutella- es quien lleva la voz cantante. Ha tenido una aventura con David, aunque muchos piensan que el chico lo ha hecho por medrar dentro del grupo, pero no tiene clara su sexualidad.

Después de la coreografía conjunta, y mientras sueñan con historias de cama, todos ellos, excepto una muchacha embarazada, tomaron la sangría preparada por una madre soltera que ejerce de anfitriona. Entre charlas y relamidas de sexo, más baile. El DJ sigue con su música electrónica y los demás con sus exhibiciones. Bailes que se vuelven sensuales, incitadores, con posturas atrevidas, pero poco a poco se desemboca en la última parte, cuando el LSD que alguien echó en la bebida les obliga a que afloren sus instintos más primitivos. De paso, sufrimos una moraleja trasnochada: chico, fíjate bien si alguien echa algo en tu vaso.

Todo lo bueno, y había mucho, que se había mostrado hasta entonces, se derrumba. Se desparrama por toda la casa, ya que finalmente salimos de la gran sala en la que parecían estar confinados. ¿A quién le queda ganas de seguir bailando después de una coreografía exigente? Naturalmente, a los personajes de Gaspar Noé, que exprime a los actores hasta el máximo, si bien saca lo mejor de ellos, como en el caso de Sofia Boutella, pero tiene que pagar un precio muy alto, como en su día Monica Bellucci en Irreversible..

Ambos títulos se hermanan en bastantes situaciones. Si en el film de 2002 se relataban unos acontecimientos que iban desde adelante hacia atrás, aquí aparecen los títulos de crédito al inicio y, en medio, antes de la exageración trágica, Gaspar Noé rompe la continuidad con su nombre en primer plano junto a literatos cineasta y músicos irreverentes o que ha flirteado con sus gustos más pasionales, incluidos los Rolling Stones. Ese desenlace es tan macabro como insistente en su regocijo exasperante. La puesta en escena sigue brillando, pero lo cuenta solo le interesa al autor y a sus fieles seguidores, porque tiene incondicionales acérrimos y fervientes detractores. Cualquier exceso vale en Noé, incluso el reconocimiento lógico a su capacidad como cineasta.

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