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Petra (***)

15 octubre 2018

Secretos y tragedias

Una mujer, aspirante a artista plástica, llega a una masía catalana para aprender bajo la tutela de un pintor y escultor consagrado. Ella dice que quiere la verdad y en busca de ella se relaciona con el dueño de la casa, su esposa y su hijo, permitiendo que afloren secretos escondidos y que los personajes sobrepasen sus propios límites.

Una mujer llega a una mansión catalana, hogar de un afamado artista plástico. Ella quiere aprender a su lado y pasará unos cuantos días conviviendo con su familia. Así arranca la nueva película de Jaime Rosales, ganador del Goya por La soledad -2007-, quien firma su largometraje menos críptico aunque mantenga un estilo personal que, en muchos momentos, pueda despistar al espectador. Señas de identidad que mantiene apostando por una línea que le gusta y en la que se siente cómodo.

La recién llegada es acomodada por Teresa –Carmen Pla-. Se presenta como Petra –Bárbara Lennie- y muy pronto conoce a Marisa –Marisa Paredes-, la señora de la casa. Su esposo, Jaume –Joan Botey-, está ausente y parece que su presencia en la casa es imprevisible. Viene y va sin rendir cuentas. Petra afirma que va en busca de la verdad. Le insinúan que el arte, como todo, está lleno de mentiras. Ella ha insistido mucho en ponerse bajo las órdenes del genio local, pero en realidad quiere una verdad menos etérea. Saber si realmente ese hombre es su padre. Algo que nunca quiso confesarle ni desmentirle su madre –Petra Martínez- ni siquiera en su lecho de muerte.

Lo primero que llama la atención es que el relato se efectúa en modo no lineal. Tanto es así que se inicia con el capítulo 2 y no encontramos el inicial hasta que concluye el siguiente. De esta forma, conocemos al resto de personajes. Lucas –Alex Brendemhül- es el hijo de los propietarios, quien no se lleva en ningún sentido con su padre, y que pretende acercarse a Petra en todos los sentidos. Juanjo –Chema del Barco- es el marido de Teresa y Pau –Oriol Pla- el hijo de ambos.

Cada uno de ellos tiene secretos más o menos inconfesables y, en mayor o menor medida, remordimientos. Y si no los tuvieran, aparecerán a lo largo de la historia, que recuerda a una tragedia griega en la que cada uno de los personajes juega sus bazas en función de sus intereses. Todos ellos pueden ser semejantes, pero abarcan un amplio espectro en lo que se refiere a rigor y laxitud. En este último extremo podemos encontrar a Juanjo, y en el opuesto a Jaume. En el caso de Lucas, sabe que nunca se podrá equiparar a su padre en el plano artístico. No se aguantan. Se ha ido varias veces del hogar, y ha vuelto

El artista, amigo del dinero, es un tipo auténticamente indeseable. Un personaje abyecto. Es déspota y trata a todos con desprecio. Es quien más sobrepasa sus propios límites con hechos deleznables prácticamente en cada una de las secuencias en que interviene. Tanto es así que propone a Teresa que se acueste con él si quiere que coloque a su hijo Pau en la casa. Una vez satisfecho confiesa su placer porque el sexo sin humillación le convence menos. Ella marcará el punto de inflexión, el comienzo de unos hechos desventurados que, no obstante, culminan en un final esperanzador. Un pequeño oasis dentro un desierto poblado de intrigas y rencores que van creciendo a lo largo de un film en el que se aúna belleza, arte y perversidad.

Presentada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, destaca especialmente por su guion y la participación de sus actores. Aquel, con una estructura narrativa absolutamente anárquica, fue nominado para los Premios de Cine Europeo. En cuanto a los actores, todos ellos rayan a gran altura, especialmente Bárbara Lennie. Su trabajo es posesivo, cautivador, haciendo fácil lo difícil. Inmersa en una auténtica tragedia, parece que estamos en la terraza del bar de abajo tomando un café debido a la naturalidad con la que trabaja. No le anda a la zaga Joan Botey, quien compone en personaje antagonista, malvado e indeseable para enmarcar.

Lo que resulta más complicado para el espectador, e incluso para buena parte de la crítica, es la fórmula expositiva de Jaime Rosales. En una narración lenta, con algunos exteriores aparentemente sobresaturados, deja que la cámara se aparte para rematar cada secuencia. Como si quisiera darnos tiempo para la reflexión. Separa a sus personajes, lo que le obliga a constantes movimientos de cámara y a barridos que, en nuestra opinión, resultan exagerados. Incluso, hay uno de derecha a izquierda que empalma con otro de izquierda a derecha, pasando del exterior al interior. Da la sensación de que algo se ha quedado en la sala de montaje, por no hablar de enfoques al terruño casi yermo cuando se está hablando de productos concretos. En todo caso, una obra personal, interesante y compacta, poco comercial aunque mucho menos críptica que los trabajos anteriores de su autor.

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