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El collar rojo (Le collier rouge) (**)

3 enero 2019

El perro que ladra

Un héroe de guerra está confinado en una prisión en medio de la nada. Un perro ladra día y noche ante la puerta principal hasta que llega un juez instructor encargado de saber los motivos por los que el joven cometió la traición de que se le acusa. No lejos de allí, una mujer espera.

Al ver el cartel de la película, con François Cluzet acariciando a un perro que luce el collar rojo en su cuello que soporta la Legión de Honor, pensé en un relato tierno o, quizá, en una nueva versión de esos animales de batalla que, de vez en cuando, salpican nuestras carteleras y que tienen su referente más próximo en las aventuras de Stubby, el primer can condecorado por el Ejército de los Estados Unidos. No había leído la novela de Jean-Christophe Rufin, y muy pronto me llevé una sorpresa.

Lantier –Cluzet-, un oficial galo, llega a una localidad aislada en la que se encuentra prisionero un condecorado héroe de guerra llamado Morlac –Nicolas Duvauchelle- con intención de emitir un veredicto después de que el reo fuese acusado de traición a su patria. El acto que protagonizó en su día, y por el que está recluido, se explica al final del relato, por lo que no sería justo desvelar aquí la intriga en la que se basa una de las líneas de fuerza de la historia. Sí que hay un perro, en la novela llamado Guillaume, que no se mueve de la puerta del edificio y no deja de ladrar día y noche, haciendo insoportable la vida del único vigilante, Dujeux –Jean-Quintin Chatêlain-.

El lugar es descarnado. Hace mucho calor y resulta prácticamente desértico. El guion se centra en los personajes descritos y en Valentine –Sophie Verbeeck-, la joven que ha estado unida sentimentalmente a Morlac y de la que el juez instructor tiene noticias gracias a Gabarre –Patrick Deschamps-, representante de las fuerzas vivas del lugar. Ciertamente, la propuesta se convierte en muy esquemática. Olvida detalles colaterales y narra una historia humana, de un soldado condecorado, su perro fiel desde que acudió a su lado en 1915, cuando lo compartía con Valentine, y que en el verano de 1919 espera quejoso la salida de la cárcel de su amo.

La propuesta del veterano Jean Becker, responsable de filmes como Conversaciones con mi jardinero -2007-, busca únicamente lo esencial del relato. La presencia del chófer de Lantier es anecdótica, así como sus devaneos amorosos con otra lugareña. El calor se impone en un escenario habitualmente lluvioso, y las características locales se difuminan. El lugar en que se desarrolla la historia está sumido en el sopor, con las persianas cerradas y habitaciones vacías en el hotel y restaurante regentado por una mujer que cuyos menús son más aptos para las fechas más pluviosas. Allí todo el mundo se conoce, aunque impere el hermetismo.

La dejadez se expresa desde los primeros compases, cuando el oficial llega a la supuesta prisión militar para encontrar a un relajado y hasta descamisado Dujeux, lo opuesto a lo que debe ser un militar. Lantier es meticuloso y pretende indagar a través de un interrogatorio que se extiende a varios días los motivos del prisionero para llevar a cabo sus condenables actos. Su participación en diversas batallas le ha hecho ver las cosas muy distintas a como las consideraba en su juventud. Se ha vuelto menos impetuoso y más comprensivo. No obstante, Morlac no quiere arrepentirse y se muestra esquivo.

No será hasta que el protagonista mantiene una conversación con Valentine cuando descubre una línea de investigación que puede varias su veredicto. La joven, instruida y con un nivel cultural muy superior a la zona, fue quien impulsó a Morlac, según el texto literario, a que aprendiese a leer y a escribir. Se pasa de soslayo en la película sobre ese detalle, más importante de lo que parece para conocer la verdadera idiosincrasia de cada uno de los personajes.

El resultado es más débil de lo que debiera y mucho más agradecido de lo esperado. Con algunas, pocas, secuencias bélicas, hay más dramatismo de los que se auguraba y, desde luego, resulta escasamente sensiblera. La ternura se aparca prácticamente hasta el final en esta producción que pudiera haberse acercado mucho más a una Conspiración de silencio y le hubiese proporcionado una fortaleza mucho mayor.

Con una duración que apenas sobrepasa los ochenta minutos, se trata de un producto bien rodado, que mantiene cierto interés y que en modo alguno desagrada, Sin embargo, nos queda el regusto de que pudiera haber sido una obra mucho más importante. Director y actores había para conseguirlo, e incluso una fuente literaria se muestra mucho más compacta en relación con lo que ha llegado al celuloide.

From → Cine

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