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Mia y el león blanco (Mia et le lion blanc) (***)

10 abril 2019

Legalidades que chirrían

La familia de Mia regresó a África. Ella no estaba a gusto fuera de su entorno habitual, pero la llegada de un cachorro de león blanco cambió su punto de vista. Enfrentándose a una legalidad cruenta, y haciendo caso a una vieja leyenda, acompañó al animal por la sabana hasta guiarlo a una reserva.

Nos encontramos con una película familiar de rodaje complicado que es capaz de satisfacer a los públicos de todas las edades. Se rodó en épocas distintas durante tres años y muestra la relación de una niña, convertida en adolescente, con un león blanco. Uno de los momentos más significativos es cuando el animal se abalanza hacia la protagonista, situada de espaldas. Finalmente se rodó con personajes reales. Hacerlo por medio de ordenador hubiera incrementado el coste en cien mil euros.

La idea del film surgió cuando el cineasta francés Gilles de Maistre se puso en contacto con el zoólogo Kevin Richardson. La trama se fraguó cuando el autor supo que en Sudáfrica, aparte de la caza furtiva, existen granjas que crían animales que luego son vendidos a otros emprendedores para que sean abatidos por turistas que quieren regresar a casa con trofeos irrepetibles. Esas prácticas son totalmente legales y es fácil de comprender que un león blanco es una pieza codiciada en grado sumo.

La familia Owen decide desplazarse desde Londres a Sudáfrica para encargarse de la granja de animales salvajes heredada por la mujer, Alice –Mélanie Laurent-, francesa de nacimiento. El cabeza de familia, John –Langley Kirkwood- se ocupa de la empresa junto a Kevin –Lionel Newton-, su mano derecha. Tienen dos hijos. Mick –Ryan Mc Lennan- crece con un trauma infantil que le obliga a que duerma con la luz encendida y a que le lean cuentos para conciliar el sueño. Su madre se aplica en una historia recurrente que habla de un león que dará libertad a la tierra y frenará la los males que aquejan al hombre.

La protagonista es su hermana Mia –Daniah de Villiers-, que inicialmente se encuentra frustrada al alejarse de su hábitat natural. En Londres quedó su colegio, su ambiente y sus amigos, especialmente uno de ellos con el que se comunica a través de su ordenador. La llegada de un cachorro de león blanco modificará su conducta. El animal se aproxima a ella hasta tal punto que ambos se convierten en inseparables. Pese a los miedos de sus padres, quienes estiman que Charlie, el felino, puede atacarla cuando sea adulto, ella insiste en jugar con él mientras su hermano la considera una hechicera, la que tantas veces ha oído en la historia materna.

El día en que Charlie provoca un altercado, John decide venderlo a Dirk –Brandon Auret-, un tipo que tiene una empresa para que los turistas disparen a los animales salvajes que, una vez disecados, se llevarán de recuerdo. Mia, que se entera antes que el resto de las actividades de su padre y del destino que aguarda a su amigo, decide fugarse con su león para cruzar la sabana y llegar a la reserva en la que Charlie será poco menos que un animal sagrado y se cumplirá la profecía.

Cuando se inició el rodaje Daniah contaba con once años de edad y Charlie era un cachorro. Gilles de Maistre trabajó con decenas de niños para elegir a sus dos protagonistas. La experiencia ha demostrado que si los niños crecen junto a los leones pueden coexistir sin apenas sobresaltos. Según sus propias palabras, la que finalmente se convirtió en su protagonista demostró una interacción especial.

La segunda fase muestra a Charlie cerca de convertirse en adulto, al igual que Mia se ha transformado en una jovencita en plena pubertad. Finalmente, el animal es adulto y la chica una adolescente.  De la misma forma que la película respira ecología por los cuatro costados, se denuncia una práctica legal que chirría. La población de felinos en África se ha diezmado en los últimos años, aunque los leones no se consideren una especie en peligro de extinción. Sin embargo, se crían en cautividad para ser abatidos a sangre fría por aficionados sin escrúpulos, animados por empresarios que se llevan un buen pellizco.

Las dificultades del rodaje no afectan al desarrollo del filme, que por momentos es cautivador, aunque conforme avanza pierde fuerza porque el argumento apenas ofrece otra salida que la expuesta. El trabajo de los actores es coherente y la puesta en escena de Gilles de Maistre luce mucho más en lo que se refiere a los animales que en las postales que pueda ofrecer el sur del continente africano. Quedan al margen los grandes núcleos de población y el conjunto tiende a la amabilidad y a perseverar, especialmente entre los más pequeños, en la defensa de los ecosistemas. Intento Nada que ver con aquella aproximación al documental El gran rugido -1981-, que marcó el debut de Melanie Griffith junto a su madre, Tippi Hedren, y los leones que ella  mantenía

From → Cine

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