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Sauvage (***1/2)

13 junio 2019

Sexo por dinero y placer

Leo, un joven de 22 años con aspecto de más edad, vende su cuerpo por dinero en las afueras de una ciudad francesa. A diferencia de quienes hacen la calle junto a él, disfruta del sexo con otros hombres y mantiene un modo de vida descontrolado. Se droga, apenas come y duerme ocasionalmente de día.

Un joven que presenta algunas heridas, principalmente en su cara y en un costado visita a un médico, que le efectúa un chequeo mientras le advierte de los peligros de la calle. Finalmente, ambos practican sexo antes de que sepamos de que se trata de encuentro pactado en una consulta que les han dejado para ese fin. Lo que podría ser una secuencia dramática, a la vista del conjunto, se confirma como una de las pocas concesiones de un filme duro, explícito en ocasiones, y que avanza hacia una rampa desesperanzadora.

El cineasta Camille Vidal-Naquet se pasó tres años investigando la prostitución masculina callejera para escribir este guion que ha llevado al celuloide con pulso firme, sin cortapisas, con la virtud de endurecer las fases más suaves y de endulzar las más tremendas. Todo hace indicar que se desarrolla en el entorno de Estrasburgo. Concretamente, en una de sus calles y en un bosque próximo. Allí se dan citan los chaperos que, para sobrevivir, satisfacen sexualmente a quienes se lo piden a cambio de dinero. Los hay sádicos, tiernos y quienes contratan licencias vejatorias y hasta peligrosas para la integridad física del proxeneta.

Uno de ellos es Léo -Félix Maritaud-, quien aparenta bastantes más años de los veintidós que afirma tener. Apenas sabe leer, malvive en las calles y en las cunetas, se droga y su alimento es ínfimo. Incluso, bebe el agua que procede del riesgo exterior. Una tos persistente avanza una probable tuberculosis y, al contrario que sus compañeros de trabajo, disfruta con el sexo. Encuentra placer en él y demanda ternura y afecto. Siente una especial inclinación hacia otro de los muchachos, Ahd -Eric Bernard-.

Mientras mantienen un trio con un tetrapléjico, Léo se aproxima a su amigo, pero éste le deja bien claro que no quiere tener sexo con él. Aunque se entrega a los hombres por dinero, es heterosexual y si tiene ocasión se acuesta con una mujer. Sabe como tratar al protagonista, y le ofrece el calor de sus brazos en los momentos de máxima tensión. Le aconseja que se ligue a un hombre mayor, que le vista, le de techo y comida. Él mismo se irá a vivir a Benidorm con uno de sus clientes.

Léo encuentra esa persona que necesita en Claude -Philippe Ohrel-, un francés que trabaja en Canadá y con el que finalmente aceptará irse y subirse por vez primera a uno de esos aviones que con sus colegas ve pasar desde un paraje próximo a la pista de despegue. Será una oportunidad para olvidarse de su amor no correspondido. Él y Ahd son personajes muy diferentes. El protagonista, dentro de su rudeza, es dulce. Hace honor al título del largometraje por la vida que lleva, y en ningún caso por su actitud. Su amigo es un macho alfa y no tiene remilgos en solventar los problemas con violencia. Sabe cómo sobrevivir y sale siempre victorioso.

Lo sabemos desde que se enfrenta a Mihal -Nicolas Dibla-. En un oficio dominado casi exclusivamente por inmigrantes africanos, que incluso hablan árabe entre ellos, aquel llega de un país balcánico ofreciendo una felación por cinco euros, cuatro veces menos de la tarifa usual. El mundo de quienes hacen la calle se intercala con encuentros sexuales ocasionalmente bastante explícitos. Hay un evidente conocimiento del asunto por parte de Vidal-Naquet. Desde el sexo en pareja o en grupo hasta las prácticas sadomasoquistas que emplea un cliente habitual que pasa con su coche de alta gama, sin olvidar robos o abusos.

Caben igualmente prácticas tremendamente insultantes y hasta peligrosas, como el tapón de considerables dimensiones que le intentan colocar a Léo dos tipos depravados. El mundo de la prostitución masculina callejera se ofrece al natural, con detalle y con una complejidad tan evidente como necesaria. Félix Maritaud, quien había llamado previamente la atención en 120 pulsaciones por minuto, otra producción de temática gay, lleva a cabo un trabajo imponente. Es imposible no identificarle con Léo, ya que actor y personaje se fusionan claramente en una actuación sobresaliente.

Resulta difícil separar los ojos de la pantalla debido a la atracción que emana de la misma gracias a Maritaud. Hay secuencias que pueden herir susceptibilidades a quienes muestren mayores prejuicios porque apenas se oculta nada. Bien es cierto que las situaciones más bizarras se tratan con mayor o menor distanciamiento, lo que impide algunos planos tajantes. El drama prevalece en la proyección a causa de un personaje que no desea otra forma de vida hasta que se produce un desenlace acorde con su personalidad, pero difícilmente sostenible. Pese a ello, el bloque no llega a resentirse.

From → Cine

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