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Mascotas 2 (The Secret Life of Pets 2) (**1/2)

9 agosto 2019

Aventura en tres frentes

Max se encuentra con un problema inesperado tras la boda de su dueña. Se trata de la presencia de un bebé en el apartamento. Cuando la familia se va al campo deja su juguete preferido al recaudo de Gidget mientras el conejo blanco intenta liberar de sus captores a un tigre blanco cuyo destino es un circo.

Después de la enorme respuesta del público conseguida por la entrega inicial, todo apuntaba a una secuela. Ha llegado firmada por uno de sus directores, Chris Renaud, responsable igualmente de la saga protagonizada por Gru, y que en esta ocasión ha contado con la ayuda del debutante Jonathan del Val. El guion fue escrito igualmente por Brian Lynch y también repite el compositor Alexandre Desplat, que en esta ocasión no se encuentra reforzada con temas de éxito a cargo de voces populares.

Da la sensación de que se trata de una faena de aliño. Había que utilizar el tirón del original para continuar ordeñando la vaca. No hay en este caso una historia lineal, aunque fuera tan simple como la del filme de 2016. La acción que se nos propone transcurre en tres frentes, por lo que se podría hablar de otros tantos cortos unidos cuyos protagonistas finalmente se entremezclan. Afortunadamente para el espectáculo, hay momentos entretenidos que arrancan sonrisas con facilidad.

La estrella vuelve a ser Max, el terrier con una mancha marrón en la parte superior izquierda de su cara. Su apacible existencia se ve alterada con la boda de Katie, su dueña, y la posterior llegada de un bebé. Inicialmente tiene la sensación de que ya no es el rey de la casa, e incluso ha de sufrir las trastadas del recién llegado hasta el momento en que el bebé muestra un cambio radical. Desde ese instante, son uña y carne. El can se convierte en su protector con Duke, el enorme mestizo recogido en la primera entrega, como actor secundario.

Llega un momento en el que el matrimonio decide viajar a la casa de un familiar en el campo. Las mascotas se encuentran allí con un perro guardián con pañuelo de cowboy llamado Rooster. Le basta una palabra o un gesto para que el ganado acate sus órdenes y será él quien le enseñe a Max a afrontar sus miedos y a superarlos. Antes de su marcha, el terrier deja su juguete favorito a su buena amiga Gidget.

La agradable pomerana adicta a los culebrones tendrá que recuperarlo de un apartamento vecino lleno de gatos, regentado por una mujer de avanzada edad. Paralelamente, el conejo blanco llamado Pompón en España y Snowball en el original, pretende salvar a un tigre blanco al que buscan desaforadamente los responsables de un circo de animales. Tres historias que se desarrollan de forma simultánea y que no permiten una línea argumental única y definida. Surgen nuevos personajes, algunos entrañables, y por el camino se han perdido otros, como el revoltoso periquito o el halcón Tiberio.

Dirigida especialmente a los más pequeños, este remake ha perdido el frenesí del original, que representaba una de sus señas más características. La animación, generada por ordenador, ha subido algún punto el nivel y muestra unas texturas bastante más realistas. Se nota en el diseño de la única corriente acuífera que aparece en el largometraje y en las siluetas de nuevos animales, como vacas y ovejas. Lo que menos nos ha gustado son las figuras de los lobos que acosan a algunos de los personajes. Su alargado morro parece exagerado. La silueta de Manhattan no es tan reconocible, aunque se nombra a la ciudad de Nueva York como eje de esta aventura.

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