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Ray y Liz (Ray and Liz) (***)

5 septiembre 2019

Padres desarraigados

El autor vuelve la mirada a su infancia para centrarse en sus padres. Dos personajes que se preocupaban muy poco de sus dos hijos varones, a quienes dejaban casi siempre a su suerte. Memorias que se ubican en medio de una atmósfera asfixiante y llena de negligencias por parte de los adultos.

Un hombre entrado en años se encuentra en una habitación. Parece que su entorno le importa poco, únicamente un vino tinto cosechero que bebe sin medida. Se trata de Ray, padre del director de este film, Richard Billingham, acreditado fotógrafo que debuta en la gran pantalla con este título autobiográfico en el que recurre a flashbacks para contarnos detalles de su existencia cuando contaba con diez años de edad y su hermano Jason únicamente tenía dos.

Vivían en Birmingham, en una zona denominada Black Country y en un domicilio de asistencia social cedido por la comunidad. Son los años ochenta, cuando Margaret Thatcher gobernaba Gran Bretaña con mano de hierro. ¿Qué recuerda Ray -Justin Salinger/Patrick Romer- con la mirada perdida en el vacío? Quizá aquellos días pasados de miseria y dejadez. Probablemente ni eso, porque a tenor de lo visto ni él ni su esposa Liz -Ella Smith/Deirdre Kelly-, una mujer oronda y fumadora compulsiva, aparenta remordimiento alguno.

Billingham hizo sus pinitos anteriormente con esta temática, incluido un corto y un libro de fotografías. Como cineasta, su singladura no ha podido comenzar mejor, puesto que ha cosechado premios desde Locarno a Montreal, pasando por Sevilla y Batumi, sin olvidarnos que no se fue de vacío en los British Independent. Ha recurrido a un formato 4:3, probablemente para darle un aspecto de docudrama, y cuida con esmero sus composiciones como buen fotógrafo que es. Sin embargo, el desarrollo en un ambiente cutre y marginal no colabora al atractivo. Para paliarlo acude a imágenes fijas, desde pinturas a partes determinadas del cuerpo de un personaje.

Está claro que Richard y Jason no gozaron en su infancia de la protección de sus padres. En modo alguno se preocupaban de los pequeños y su presencia les pasaba prácticamente desapercibida excepto si necesitaban que les acercaran cualquier cosa. Como dato, no había más comida que la preparada por ellos. Los dejaban sin miramientos, como en una de las secuencias cumbres del filme, tan interesante especialmente dolorosa. Los pequeños quedan al cuidado de Lol -Tony Way- hasta que llega un vecino llamado Will -Sam Gittins-. Emborracha al cuidador de los críos, le roba y lleva a cabo unas acciones execrables.

Richard Billingham no juzga y se limita a mostrar esos pasajes que reflejan una época dura en un ambiente todavía más áspero. No se muestra a sí mismo, solo aparece de niño y de adolescente, interpretado respectivamente por Jacob Tuton y Sam Plant. Lo mismo sucede con su hermano Jason -Callum Slater/Joshua Millard-Lloyd-. Memorias sin duda muy rentables en la pantalla y regidas por la brutalidad. Es más que lógico su éxito en certámenes competitivos porque su dramatismo traspasa las emociones al paso de butacas. Parte de sus propias fotografías, publicadas en 1996, en las que ponía de manifiesto el ambiente en que creció, donde imperaba la dejadez de sus progenitores en medio del alcohol y el tabaco.

Por el contrario, el autor no termina de cerrar su propuesta. Al término del visionado queda la sensación de que se trata de una obra inacabada o, cuando menos, quedan muchos interrogantes de los que nos quedamos sin respuesta. Por ejemplo, el trato con sus mascotas. Sí sabemos que el desinterés paterno va más allá de la infancia de sus vástagos. Siete años después de los pasajes que se remontan más atrás en el tiempo, su inhibición continúa. El riesgo es constante, pero Ray se refugia en el vino y Liz en los cigarrillos.

Sin quitarle mérito ni brillo a esta puesta en escena que no deja indiferente a nadie y en la que todos los componentes del reparto se entregan a fondo, hemos de convenir que la cinta ofrece diversos puntos oscuros que no rebajan sus ambiciones, aunque sí la calidad media. El trabajo tras la cámara de Billingham es demasiado plano. En su intento de no emitir juicios de valor, las emociones se reducen al mínimo. El aspecto de docudrama proporciona frialdad justamente con una temática que no deja de agitarnos, lo que desemboca en un aspecto confuso que da prioridad a la forma y a los pasajes de mayor duelo que propone esta producción.

From → Cine

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