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El traidor (Il Traitore) (***1/2)

4 diciembre 2019

Golpe mayúsculo a la Cosa Nostra

A principios de los ochenta tuvo lugar una guerra entre las dos facciones más importantes de la mafia siciliana. Tras diversas vicisitudes, Tomasso Buscetta, un miembro importante pero que no figuraba en la foto de la cúpula, terminó por reunirse largas jornadas con el juez Giovanni Falcone y traicionar su juramento.

No le llaman mafia. Para ellos es la Cosa Nostra. En Sicilia, a principios de los años ochenta se produjo una guerra entre dos facciones rivales que terminó con cientos de muertos. No solo había que eliminar a un determinado miembro rival. Con él, debería desaparecer toda la familia. Sin rastro de sangre. En ese ambiente, más enrarecido que nunca, emergió la figura del juez Giovanni Falcone –Fausto Russo Alesi-, un magistrado íntegro que fallecería en un violento atentado en 1992 tras haber sentado en el banquillo a muchos miembros importantes del sindicato del crimen.

El octogenario Marco Bellocchio es un cineasta de prestigio que, sin embargo, no ha conseguido firmar ninguna obra maestra porque en todas sus películas siempre hay detalles que se le terminan escapando. Como si se cansara de su trabajo después de unos comienzos vibrantes y atractivos. En los años setenta consiguió empalmar dos títulos sugerentes: Noticia de una violación en primera página y En el nombre del padre. Queda claro que sus retos funcionan mejor cuando tiene a un protagonista en contra del sistema o del establishment. Por eso El traidor se encuentra por encima de sus propuestas desde entonces hasta desembocar en un filme notable.

Hay tres cuestiones a dirimir, tantas como las que presenta esta cinta. Por una parte, la figura del primer arrepentido, si es que se puede llamar así, que ocupa el centro del relato. También ilustra la investigación de Giovanni Falcone, quien sentó definitivamente en el banquillo a la gran mayoría de los capos sicilianos, algunos de los cuales fueron condenados a varias cadenas perpetuas. El tercer eje afecta a las normas no escritas por la Cosa Nostra, especialmente la omertá, o pacto de silencio sobre las actividades de la organización.

El largometraje cuenta con un actor en estado de gracia, como es Pierfrancesco Favino, que construye un Tomasso Buscetta magnífico. El personaje está bien dibujado y mejor interpretado. El actor no tiene la culpa de que en algunos flashbacks no aparente la edad que debiera tener, o que su director pretenda proporcionarle una cierta aureola romántica que no encaja demasiado con un tipo que, al fin y al cabo, es un asesino. No le disculpa el hecho de que haga honor a sus principios.

La guerra entre familias se produce por el control de la ruta de la heroína. El contrabando del tabaco ha dejado de ser su negocio más importante en favor de la droga. No importa que los jóvenes, incluso algunos pertenecientes a su familia, se vean consumidos por el caballo o hayan contraído el sida. Durante el enfrentamiento, que se prolonga en el tiempo con cientos de muertos, Buscetta se refugia en Brasil con su última esposa, María Cristina de Almeida Guimaraes –María Fernanda Cándido-, y continúa con su vida delictiva.

Sabemos que respeta a los niños y es incapaz de matar a un hombre que lleva a su bebé en brazos. El intento de asesinato durará décadas por cuanto la posible víctima siempre iba acompañado de su hijo. Fue tras la boda del vástago cuando se convirtió en un blanco fácil. Finalmente, Buscetta resulta expatriado a Italia. Cuando se entera que sus compañeros de organización han asesinado a sus dos hijos mayores sabe que el resto de la familia está en peligro. En su estancia en la cárcel tomará una decisión trascendental.

De esta manera conoce a Giovanni Falcone, personaje que le dejará subyugado y al que se referirá siempre con un innegable respeto. No se considera un arrepentido, pero al entender que la Cosa Nostra había violado cierta parte del código de honor tampoco se consideraba responsable de seguir respetando el juramento exigido a su entrada en la organización. Los detalles que facilitó a la justicia estaban a la altura, según él, de los actos que habían llevado a cabo quienes buscaban su cabeza.

Fueron pasando por el estrado tipos tan siniestros como Pipo Caló –Fabrizio Ferracane-, Totó Riina –Nicola Cali-, Tano Badalamenti –Giovanni Calcagno- o Totuccio Contorno –Luigi Lo Cascio-. Su presencia en el macro juicio puso de relieve la debilidad de las instituciones italianas. El juez encargado de la causa no pasaba de ser un magistrado condescendiente y al mismo tiempo exagerado en sus ademanes y de actuaciones pasadas de tono. Afortunadamente, sobrevolaba la figuraba de Giovanni Falcone.

Bellocchio comienza con una fortaleza inusitada, pero a lo largo de las casi dos horas y media de proyección va perdiendo fuelle. Recurre al excesivo diálogo, cuando previamente había conseguido elipsis notables, y no todos los flashbacks funcionan o son necesarios. Las sesiones judiciales, que debieran tomar el relevo de la mitad hacia adelante, no consiguen ser todo lo efectivas que debieran. Aun así, la película se presenta como uno de los referentes del género de la mafia rodados en Italia. No llega a la altura de Scorsese, pero la propuesta es compacta y significativa. Lo refrendan las cuatro candidaturas a los Premios de Cine Europeo: mejor película, director, guion y actor.00

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