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El padre de mis hijos (1/2)

6 enero 2020

El padre de mis hijos – La hora del embarazo

Eva cumple 38 años y no tiene hijos, algo que le quita el sueño. Para colmo, su hermana menor está embarazada y ella acaba de romper con su novio, por lo que busca desaforadamente una pareja con la que cumplir su propósito. En situaciones como ésta, pasar de la preocupación es la obsesión parece bastante fácil.

La crisis de los cuarenta llega adelantada para esta mujer argentina a la que no se le conocen más ocupaciones que sus clases de bajo a un único alumno y su intento de componer piezas musicales que se desconocen. Le quedan horas para cumplir los treinta y ocho y quiere ser madre al entender que ya se le pasa la hora. Su ginecólogo le plantea ejemplos de mujeres primerizas más allá de los cuarenta, como Geena Davis, Madonna… Pero ellas son ricas, dice el personaje central.

Para sacar adelante este guion, el cineasta Martín Desalvo encomendó a su cónyuge, Mora Recalde, el papel de su protagonista, Eva, que rompe con su novio -Javier Drolas-, después de haber convivido con él durante bastante tiempo porque no comparten la misma idea acerca de ser padres. Comienza de esta forma un peregrinaje que le lleva a casa de Alicia, su hermana menor Paula Carruega- para terminar en el domicilio paterno -Horacio Fontova y Mirella Pascual-, quienes no toman demasiado en cuenta sus inquietudes ya que están afanados en otras cuestiones. El estado de buena esperanza de Alicia la hundirá todavía más.

Sí que lo hace Laura, su mejor amiga y la típica desinhibida que buscará entre sus amistades y a través de las redes sociales a quien pueda servirle a su amiga como semental. De ese rol se encarga Romina Ricci, quien ejerce de madre en la ficción del personaje que interpreta Margarita Páez. Se trata de su propia hija en la vida real, nacida de su relación con el músico Fito Páez. Tras una serie de encuentros ocasionales de la mujer sobre la que gira la historia, su lista de posibilidades se reduce a dos.

Gonzalo -Julián Lucero- es su ginecólogo y bebe los vientos por ella. Tanto, que se alivia antes de recibirla en su consulta. Es quien le habla de las posibilidades de cara al embarazo, e incluso de la congelación de óvulos o esperma. El tratamiento se va a los cuatro mil dólares y Eva no tiene posibilidades de financiarlo, aunque él se ofrezca para respaldarlo. Por otra parte, encontramos al único alumno del personaje central -Santiago Magariños-. Se trata de un chaval que quiere aprender a tocar el bajo, pero que no muestra excesivas habilidades. Se supone que ni siquiera ensaya en su casa y que la verdadera razón por la que asiste a esas clases es porque está enamorado de su profesora.

Seguramente, en los tiempos que corren esa propuesta quede a contramano. La mujer de hoy, especialmente la que vive en una gran ciudad y desarrolla una profesión liberal, está muy por encima de este planteamiento. Llega un momento en que para Eva la maternidad es una obsesión de la que no desea escapar y por eso se entrega a unos hombres que no terminan de satisfacerla en aras de alcanzar su meta. Incluso intenta seducir al novio con el que ha roto recientemente.

Martín Desalvo lleva a cabo una puesta en escena que pretende ser novedosa. Bebe en fuentes europeas, principalmente en el cine de Pedro Almodóvar, pero se queda bastante lejos de su equilibrio y de sus transgresiones. Cuando se lanza por caminos escabrosos se queda siempre al borde de una moral controlada, sin pasar de los escotes de Mora Recalde o de unas relaciones sexuales bastante recatadas. Lo mismo sucede con el lenguaje. Hace algunas décadas estaría adelantada a su tiempo, y ahora parece trasnochada.

Llega un momento en que la ceguera de la protagonista casi pasa a un segundo plano. Después de la insistencia inicial, la película gira hacia derroteros que rozan la comedia romántica sin que llegue a desprenderse del drama en ningún momento. Todas las mujeres que rodean a Eva son más avanzadas, o cuando menos más actuales, que su personaje. Los empujones de las demás parecen arrojarla al vacío, pero ella siempre se lanza con red. Su fragilidad es tan aparente como su fortaleza y lo que consigue realmente es que los hombres se conviertan en marionetas a su alrededor. Ni siquiera funcionan como estereotipos y si son previsibles es por culpa de la protagonista.

From → Cine

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