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Verano del 85 (Été 85) (***1/2)

12 octubre 2020

Verano del 85 – La amistad a los dieciséis años

Alexis está fascinado por la muerte y los ritos funerarios del antiguo Egipto. Pasa en la costa normanda las vacaciones de sus dieciséis años y naufraga con su velero. Le rescata David, dos años mayor que él y entre ambos surge la amistad que precede al amor. Dos personalidades diferentes en caminos opuestos.

El cineasta parisino François Ozon regresó a San Sebastián en busca de su segunda Concha de Oro, pero se fue de vacío. Su adaptación de la novela Dance on my Grave, de Aidan Chambers da mucho juego, pero se aleja de la genialidad de algunas de sus obras. En apariencia, se antoja como una obra más ligera que títulos como En la casa o Gracias a Dios. Sin embargo, ofrece muchas posibilidades para la reflexión, e incluso el contraste de opiniones. Más que sobre la película en relación a lo que se cuenta. Mérito del autor literario, puesto que el director ha querido ser fiel al relato literario.

Hay un cadáver que nos posibilita conocer a Alexis Robin –Félix Lefebvre- un joven de dieciséis años. Aquel dará pie en la segunda parte del film a una aproximación al thriller. El chico, con un innegable parecido a River Phoenix, se muestra fascinado por la muerte y los ritos funerarios del Antiguo Egipto. Representa a muchos de esos jóvenes que tienen inquietudes semejantes a su edad. La cinta está contada desde su punto de vista y transcurre en Normandía, donde está de vacaciones.

Suena el tema In Between Days, de The Cure y Alexis naufraga con su velero. Es recogido por David Gorman–Benjamin Voisin-, dos años mayor que él. Usualmente, el estío es época de amores, también de desinhibición e indecisiones, de amistades fugaces y de tanta intrascendencia como de sueños por cumplir. Los dos chavales se muestran cercanos y su relación termina convirtiéndose en amor. Esta primera parte es más liviana. Incluso más convencional. Hay un cierto paralelismo con Call me by your Name, aunque este personaje central está lejos de la profundidad y la atribulación del encarnado por Timothée Chalamet. Curiosamente, y pese a tratarse de una película de Ozon, el sexo es menos explícito si tenemos en cuenta a lo que nos tiene acostumbrado.

La continuación es más compleja y es la que muestra más vertientes. Su responsable la salva  gracias a su sabiduría cinematográfica, pero no consigue que los personajes secundarios apoyen la línea principal. Es más interesante la relación entre Alexis y David, en la que se aprecian puntos de vista diferentes. Especialmente, causará más mella en el adolescente, que aprenderá de sí mismo en un verano lo que otros tardan año. La aparición de Kate –Philippine Veig- será un punto de conflicto sustancial, aunque tal vez no definitivo.

Combinado con la investigación policial sobre el cadáver del inicio, la película ofrece otras cuestiones a las que Ozon sabe sacarle partido, como el complejo de Edipo latente cuando la madre baña al hijo desnudo. Son las progenitoras quienes tienen mayor peso específico, probablemente en contraposición con sus hijos varones, que descubren la homosexualidad en un momento de cierto cambio histórico, poco antes de que fuese admitida de forma más generalizada. Aun así, no se produce el conflicto social esperado.

La aportación de Isabelle Nanty como la señora Gorman, y sobre todo la de Valeria Bruni Tedeschi en el papel de la señora Robin, vienen a sumar. Muy al contrario que los hombres, cuya participación en la historia resulta más bien tangencial y poco afortunada. Desconozco si el autor ha buscado deliberadamente una puesta en escena algo alocada por centrarse en dos jóvenes que comportan el frenesí de su edad. Se muestra deslavazada, especialmente en la segunda mitad, lo que no le resta intensidad a la historia de sus dos personajes centrales, sobre todo en lo que se refiere a Alexis, que encuentra su primer amor y eso siempre deja huella.

El largometraje nos deja imágenes para el recuerdo, como la que transcurre cuando suena el Sailing de Rod Stewart. La música vuelve a ocupar un lugar de honor en la propuesta de su autor. Quizá, rememorando él mismo los años ochenta y las canciones que le marcaron en su adolescencia. Con ellas se marca decisivamente el drama, a punto de convertirse en tragedia, lo que nos óbice para salir de la sala con una sonrisa. Mérito de un Ozon que, con su enorme experiencia salva con soltura un relato a veces inconexo.

From → Cine

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