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Mi hija, mi hermana (Les cowboys) (***)

27 mayo 2016

Durante una fiesta de aficionados al country en una pradera francesa, desaparece una muchacha de 16 años. Inicialmente, se teme un secuestro, pero las pesquisas del padre resuelven que se convertido al islam empujada por su novio. El tiempo pasa, y años más tarde, su hermano se incorpora a la búsqueda.

Después de haber triunfado como guionista, con títulos como De óxido y hueso, Un profeta, o Dheepan, ha llegado la hora de que Thomas Bidegain, nacido en el País vascofrancés, asuma el reto de la dirección. Lo ha hecho con una historia propia que tiene como referencia Centauros del desierto, tantas veces referenciada por los grandes maestros del séptimo arte. Aunque trasladada a una época mucho más actual, cambiando los nativos del Lejano Oeste por el Islam más extremista, se nota una evidente veneración hacia la obra cumbre de John Ford. No en vano, los protagonistas se sienten atraídos, como buena parte de sus vecinos, por el modo de vida country. Desde los sombreros a los bailes, pasando por los toros mecánicos y las montas a caballo.

El arranque nos presenta a un indio –Jean-Louis Coulloc’h- reverenciando una catarata. El director de fotografía, Arnaud Potier, se luce a plano fijo abriendo y cerrando el diafragma. Un detalle de su sensibilidad posterior a lo largo del film, con un trabajo impecable y, quizá, un intento de advertirnos sobre las posibilidades de lecturas de un film, que, no obstante, toma partido. No llega al punto de No sin mi hija, pero advierte de los males que acarrea el yihadismo, sin preocuparse por la cara más amable y afectiva del Islam.

Pasamos luego a la fiesta country en la que emerge François Damiens como Alain Balland, un empresario local que deja su impronta como cantante gracias a TennesseeWaltz. Lo hace más al estilo de la versión de Leonard Cohen, aunque la solista del grupo recuerda más a Emmylou Harris. De todas formas, es la inicial de Pasy Cline la que dominará una secuencia posterior. El actor belga, protagonista de La familia Bélier, parece tomar el testigo de Jean Reno como tipo duro no exento de humanidad. Baila con su hija Kelly –Iliana Zabeth- bajo la atenta mirada de su esposa Nicole –Agathe Dronne- y de su hijo pequeño. No tardan en echar en falta a la muchacha.

Piensan en un secuestro, pero los datos son evidentes: se ha marchado con un joven de la localidad llamado Ahmed –Mounir Margoum-. El padre de la desaparecida la busca por la comunidad musulmana hasta Amberes mientras su familia se descompone, ya que su esposa flirtea con Charles –Antoine Chappey- y su hijo pequeño se va convirtiendo en adulto. Pasa el tiempo, y llega el nuevo siglo. Sabemos que Alain ha seguido el posible rastro de su hija hasta en Yemen, pero sin noticias positivas. Los atentados de las Torres Gemelas estimulan al menor de la familia, George, a quien llaman cariñosamente Kid –Finnegan Oldfield-, quien decide iniciar sus pesquisas. Su deseo no es tanto regresar con su hermana, de la que sabe que ha tenido dos hijos, sino tener la certeza de que se encuentra bien.

Con una primera parte atractiva, basada un guion sólido y una puesta en escena homogénea que permite un ritmo más que interesante, se pasa a la aventura de George hasta Pakistán, donde encuentra a Shazhana –Ellora Tochia-, la actual esposa de Ahmed. Decrece el interés y las elipsis que hasta entonces habían enriquecido la historia se echan de menos. Los bucles amenazantes se salvan por la aparición John C. Reilly, en el personaje de un traficante, mercenario y especulador norteamericano. Para entonces, las imágenes de los atentados de Madrid y Londres ayudaban a fomentar el odio hacia el enemigo.

Los modernos cowboys, los centauros del desierto de esta historia, animada por la potente banda sonora de Raphael Haroche, se desplazan en automóvil. Incluso por mar. También lo sacrifican todo para logar su meta. Al menos, tienen algo por lo que luchar y dar sentido a sus vidas. Debbie Edwards -Natalie Wood  en el celuloide- era una india más en la novela de Alan Le May porque fue raptada de pequeña. En este caso, Kelly abandona a los suyos a los dieciséis años. No hay secuestro y sí reclutamiento. Es la primera gran diferencia de un film técnicamente plausible aunque no llegue a la enorme calidad técnica exhibida en 1956 por la película de John Ford.

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