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El caso Fischer (Pawn Sacrifice) (**)

11 agosto 2016

Biopic acerca del gran maestro de ajedrez Bobby Fischer, que repasa desde sus inicios hasta el enfrentamiento con el soviético Boris Spassky con el título mundial en juego. La paranoia del estadounidense marcó su vida, principalmente en un duelo en que las dos súper potencias exponían sin velos la supremacía intelectual.

Muchas veces, en la gran pantalla, una cosa es lo que se quiere contar y otra lo que se cuenta. Edward ZwickDiamantes de sangre, Leyendas de pasión-, firma una película entretenida, con una puesta en escena eficiente que se encuentra favorecida por una de las mejores actuaciones firmadas por Tobey Macguire y una partitura remarcable a cargo de James Newton Howard, respaldada por tema de rock los sesenta. Sin embargo, cuando la cinta rebasa su ecuador y se centra en el duelo entre los dos grandes campeones del momento, el estadounidense Bobby Fischer y el soviético Boris Spassky –Liev Schreiber-, llegan los problemas.

El guion, basado en hechos reales, no solamente se aleja de la realidad sino que da por sentadas muchas cosas, algunas de las cuales resultan difíciles de entender fuera de Norteamérica, especialmente por los jóvenes. El duelo que tuvo lugar en Islandia entre los dos grandes maestros no enfrentaba únicamente a un par de superdotados. Detrás, subyacía la hegemonía intelectual entre las dos súper potencias. Un hecho más que resaltable teniendo en cuenta que se producía durante el corazón de la guerra fría.

Cuando Fischer era un niño ya tenía problemas incipientes de paranoia, propiciados por su madre –Robin Weigert-, una rusa judía pro comunista que se sentía espiada constantemente. El padre del niño se fue cuando era un bebé y ella se entregaba a amores ocasionales, lo que creó un enfrentamiento cuando el ajedrecista era adolescente, ya que necesitaba silencio para entregarse en cuerpo y alma a una afición convertida en profesión. Su hermana -Lily Rabe- parecía más cercana, aunque nunca lo suficiente.

Tras contactar con Carmine Negro –Conrad Pla-, este experto ex campeón de Estados Unidos, vio un enorme potencial en Bobby. Suficiente como para animarle en continuar estudiando los tableros. Dejada atrás la pubertad, y considerado como una figura en ciernes, su paranoia de se convirtió en esquizofrenia. Odiaba a los comunistas y también a los judíos, aunque él lo era, y tampoco confiaba en las autoridades de su país. Pensaba que podrían envenenarle, espiarle o atentar contra él. Para entonces, dos personas intentaron guiarle. El padre Bill Lombardy –Peter Sarsgaard-, que había cambiado el ajedrez profesional por el sacerdocio católico, y un abogado gubernamental, Paul Marshall –Michael Stuhlbarg-, se mantuvieron próximos hasta su coronación mundial.

Los soviéticos dominaban el ajedrez y con ello pretendían asegurar su hegemonía intelectual en el orbe. Por eso, cuando Fischer ganó el torneo de Palma de Mallorca, que no se refleja en el film, la Casa Blanca y la CIA le veían como el gran desafiante y lo consideraban una oportunidad. Sin embargo, su campeón sospechaba de sus adversarios, puesto que en los torneos amañaban el resultado de las partidas para salir victoriosos. Entonces, creía que le espiaban a través de los televisores o que colocaban micrófonos en sus habitaciones. Se descolgó con una petición económica muy alta y una serie de imposiciones a cual más descabellada.

Cuando se convoca el desafío por el título en la capital de Islandia, se niega a viajar por la cantidad de fotógrafos presentes en el aeropuerto. El caso ya era cuestión de estado y desde el secretario de Estado Henry Kissinger hasta el Presidente Richard Nixon tomaron cartas en el asunto. Finalmente, se presentó en la tercera partida, llegando a la sexta igualados y tras una serie de exigencias admitida por su contrincante, quien deseaba ganar sobre el terreno de juego. Hubo una anécdota que en la película achacan a Fisher, pero que en realidad fue protagonizada por los soviéticos, que se quejaban de un ruido que achacaban a micrófonos ocultos en la silla del retador. Tras un minucioso estudio con rayos X sólo encontraron dos moscas muertas.

Al comienzo, en la pantalla se explican con bastantes detalles las vicisitudes del protagonista, incluso se habla de jugadas, pero no sucede lo mismo con la sexta partida, aquella en la que Fischer despreció la defensa siciliana para jugar de un modo tan atrevido que se considera desde entonces como una lección magistral. El público de Reikiavik le dedicó una cerrada ovación a la que se unió Spassky, no como se cuenta en la adaptación fílmica. Da la sensación de que el metraje ya resultaba excesivo y que hubo que meterle tijeretazo en el montaje.

Un mérito de Zwick es que no recurre a imágenes de archivo salvo al final, cuando se aportan pinceladas del resto de la biografía de un Fischer obsesionado por los grandes maestros soviéticos y especialmente por quien detentaba entonces el título Mundial. Al principio se ofrecen fechas, luego ya no, y se obvia el hecho de que a su llegada al aeropuerto islandés, el norteamericano criticó duramente al país europeo por la ausencia de boleras. Se incluye también una historia de amor, absolutamente apócrifa con Donna –Evelyne Brochu-, una buscona de Los Ángeles.

La cinta funciona y mantiene cierta intriga, especialmente para aquellos que desconocen la biografía de Bobby Fischer, cuya personalidad fue llevada a la gran pantalla en otras dos ocasiones: un documental coherente y una ficción en la que un niño obsesionado por el gran maestro, lo buscaba desesperadamente –En busca de Bobby Fischer, 1993-. Para los demás, aficionados al ajedrez, o conocedores de una historia que apasionó al mundo y convirtió al judío de Chicago en acaparador de portadas que le dotaron de una popularidad pareja a los grandes mitos de Hollywood, apenas aporta novedades.

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From → Cine

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