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La isla de los monjes (De terugkeer van de monniken op Schiermonnikoog) (**1/2)

10 diciembre 2017

Estación término

Ocho monjes trapenses de un monasterio holandés deciden vender el recinto y trasladarse a una isla en la que antaño su congregación disponía de un enorme granero. Definitivamente se instalan en ella, Schiermonnikoog, cuyo nombre se debe en parte a los hábitos grises que portaban sus religiosos.

En plena crisis vocacional no deja de ser extraña la presencia de un documental sobre una colectivo religioso. Sin embargo, lo que narra Anne Christine Girardot en su propuesta trasciende la vida monástica. Tampoco es un panegírico sobre la fe.  La muerte, el tránsito último, ocupa un lugar preeminente en el relato, que se centra en el traslado de los componentes de una comunidad cisterciense a un lugar aparentemente mucho más inhóspito. En 2018 se calcula que cerrarán unos setecientos centros de culto en los Países Bajos por falta de fieles y/o sacerdotes.

Girardot, que tiene el mérito de haber penetrado en una comunidad de clausura pese a su condición de mujer, nació en Francia, pero ha desarrollado su carrera audiovisual en Holanda después de haber recibido clases de interpretación en París y Madrid. Su escaso tiempo libre lo dedica a cuidar moribundos después de que tuviera su primera experiencia en ese sentido hace dos décadas, cuando  viajó a Colombia por recomendación de su tío y se integrara en una comunidad de laicos denominada El minutos de Dios.

En la localidad holandesa de Sion existía una abadía que podría acoger a más de un centenar de monjes. Con el paso del tiempo, como revelan las fotografías que se muestran, la ocupación ha ido decreciendo hasta llegar a ocho sexagenarios. Por ese motivo, decidieron recabar el permiso de sus superiores para vender el cenobio y levantar uno más modesto en Schiermonnikoog, una pequeña isla del norte, poblada por apenas  mil personas que antaño sobrevivían gracias a la pesca de la ballena. En ese lugar, regido por un gigantesco faro rojo y asolado por vientos y nieblas, tenían antaño los del císter un inmenso granero, e incluso el nombre del lugar deriva del uniforme gris –Schier- que lucían los religiosos.

Con una fotografía resultona, Girardot busca el protagonismo entre los místicos. Le bastan tres o cuatro preguntas para redondear su propuesta. Aunque sólo quedaban siete frailes cuando se inició el rodaje, tres son quienes asumen un mayor protagonismo.  Alberic es el abad; Helke fue economista; Paul, maestro de novicios; y Vincent, pintor de iconos. Si hemos de hacer caso a sus propias palabras, ninguno de ellos llegó al convento de Sion con una vocación constatable.  Buscaban más un refugio para encontrarse con su yo interior, o una existencia tranquila alejada de sobresaltos. Incluso, uno de ellos dejó los hábitos cuando era lego para vivir seis años con una mujer, aunque sentía nostalgia de un monasterio al que regresó.

La autora consigue hacer de los monjes algo parecido a estrellas de cine. Su carisma viene siempre en auxilio del conjunto y sus palabras transmiten seguridad. Hablan desde la paciencia de la vida contemplativa con frases que, a pesar de no ser seductoras, consiguen mantener nuestra atención. No es un reclamo de fe ni se intenta abonar el terreno para que crezcan las vocaciones. Simplemente, relatan sus vivencias. Hablan de su vida pasada, pasean juntos y ensayan sus cantos gregorianos dentro de un entorno de oración.

Lo más significativo de una propuesta que no llama exteriormente pero que se digiere con facilidad, es la relación de sus protagonistas con la muerte. Al inicio, uno de los religiosos coge una calavera como reliquia para llevársela a su celda y no olvidar nunca que el destino del hombre es regresar al origen. Otro compañero es quien se ocupa del monasterio de Sion y un  tercero pide ser enterrado en él. Saben que Schiermonnikoog  es el último paso y piensan que puede ser un lugar perfecto para esa estación término de la que hablan sin reparos.

Hay también lugar para los efectos de la vida monástica. Desde la rigurosidad de cada jornada a la existencia contemplativa que tiene como principal objeto acercarse lo más posible a Dios. Se está más cerca de él cuanto menos necesites, afirman. El ser humano será más feliz en el momento que se desprenda de sus necesidades. Al fin y al cabo, es una forma de vida, pero es un detalle que no puede hacernos olvidar el principal motivo del film: el cambio de domicilio. Se evidencian las mismas dudas y esperanzas como cuando cualquier laico se decide a mudarse de casa.

From → Cine

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