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Una bolsa de canicas (Un sac de billes) (***1/2)

27 diciembre 2017

Dos hermanos adolescentes deben separarse de su familia para huir de los horrores del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Desde París, donde su padre regenta una barbería, consiguen llegar no sin muchos avatares hasta Niza, pero la rendición de Mussolini permite a los alemanes hacerse cargo de la zona e iniciar otra pesadilla.

La novela autobiográfica en la que está basada esta película vendió más de veinte millones de ejemplares en veintidós países. En la pantalla grande existe un precedente anterior, firmado por Jacques Doillon en 1975. Sin embargo, el autor del texto literario, y protagonista de la historia, Joseph Joffo, se ha mostrado más complacido con esta nueva versión dirigida por Christian Dugay. Tras haber triunfado en televisión, especialmente con distintas hagiografías, este canadiense ha tocado varios géneros hasta encontrar su sitio en el melodrama basado en hechos reales, del que Jappeloup. De padre a hijo, era su mejor puesta en escena hasta que fue superada por esta interesante producción.

De los siete hijos con que contaba el matrimonio Joffo, solamente se hace mención en este caso a cuatro varones. Los dos mayores ayudan en la barbería de su padre, Roman –Patrick Bruel-, mientras que los dos pequeños van a la escuela. Rodada con la voz en off del protagonista, Joseph –Dorian Le Clech-, nos mostrará los horrores del holocausto, aunque sea de manera tangencial, y los excesos de los milicianos en la Francia ocupada. Junto a su hermano inmediatamente mayor, Maurice –Batyste Fleurial-, Joseph no tiene problemas hasta que se proclama la ordenanza que obliga a los judíos a portar en su ropa una estrella de David. Vituperados por quienes hasta entonces habían sido sus compañeros, y gran aficionado a las canicas, cambia el bordado efectuado por su madre Anna –Elsa Zylberstein- por una bolsa de bolas.

Al empeorar la situación, sus padres conminan a sus hijos a huir de París. Les dan dinero para que pasen a la zona franca y puedan llegar hasta Niza, donde se reunirán nuevamente, los dos mayores –Ilian Bergala y César Domboy- lo habrían hecho ya, los pequeños deberían partir por la noche y sus progenitores a la mañana siguiente. No sin muchas peripecias, con los nazis acechando, logran llegar a la Costa Azul, donde el Paseo de los Ingleses se convierte en poco menos que un paraíso. Son las fuerzas italianas, bastante permisivas, las que se encargan la zona, pero la caída de Mussolini permite a los alemanes tomar el control. Los judíos son perseguidos y la familia Joffo de nuevo tiene que disgregarse.

Los nuevos capítulos en la vida de los dos muchachos pasan por integrarse en una especie de colegio y a la vez campamento juvenil. Conocerán al Doctor Rosen –Chistian Clavier-, que será tan decisivo como el sacerdote que les concede a los dos hermanos una fe de bautismo falsa cuando ellos se hacen pasar por católicos procedentes de Argelia. De allí terminaran en la región de Saboya, donde serán testigos de los desmanes de los milicianos y los colaboracionistas, especialmente cuando Joseph trabaja para Raoul Mancelier –Emile Berling-, en cuya casa siente por primera vez la llamada del deseo en la persona de Françoise –Coline Leclère-, hija de su empleador.

La propuesta es un largo flashback que se preocupa por una ambientación preciosista que en ocasiones da la sensación de ser algo exagerada. Sobre todo, por lo que se refiere a los exteriores de París y a las vistas desde los tejados de Niza. La historia está narrada con acierto, hilvanando cada secuencia, aunque sin alardes, y con un montaje más que digno. El guion acierta principalmente en los pasajes más dramáticos porque, como recuerda el protagonista durante su estancia en la costa, los momentos de felicidades resultan más escasos que los de tristeza.

La interpretación es más que correcta, especialmente en la parte que concierne al actor y cantante Patrick Bruel o a la aportación de Chistian Clavier, al igual que los dos jóvenes debutantes. En el aspecto formal, la película es conmovedora, y eso es lo que parece buscar Christian Dugay con su puesta en escena. Se centra, fundamentalmente, en el horror que rodea a los dos adolescentes y nos hace sufrir con ellos, arrancando fácilmente la lágrima al espectador más sensible.

Contiene valores innegables, como la denuncia del racismo, o de las cuestiones relativas a la inmigración que ya se vivían en la primera mitad del siglo XX. Hay sentimiento en la propuesta, y también algún que otro defecto evidente. El principal tiene que ver con la fisonomía del propio protagonista. Durante los cuatro años en que se centra la acción, Joseph se mantiene con el mismo aspecto, lo que produce cierta extrañeza en un niño de diez años y complica su historia de amor con François.

From → Cine

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