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El arte de la amistad (Final Portrait) (**)

28 diciembre 2017

A vueltas con el retrato

En 1964 el pintor y escultor suizo Alberto Giacometti le propuso al crítico estadounidense James Lord que posara para un retrato. Halagado por el ofrecimiento, el escritor aceptó un encargo que no demoraría más allá de cuarenta y ocho horas pero que finalmente se extendió a casi tres semanas debido al perfeccionismo del artista.

El pintor y escultor suizo Alberto Giacometti se instaló definitivamente en París en 1946, donde se casó tres años más tarde con Annette Arm y trabó amistad con figuras de la época, como Joan Miró, Pablo Picasso, Paul Élouard, André Bretom, Samuel Beckett y Max Ernst, entre otros. Su fama le llegó tras exponer en Nueva York, concretamente en la galería Pierre Matisse, que el film está incorporado por James Faulkner, y cuyo catálogo mostraba una introducción escrita por Jean-Paul Sartre, otra de las figuras que frecuentó en la capital francesa. Con el Gran Premio de Escultura de la Bienal de Venecia en 1962 se convirtió en uno de los referentes de su época.

En 1964, dos años antes de su muerte en Coira, Suiza, le pidió al crítico estadounidense James Lord –Armie Hammer- que posara para un retrato. El norteamericano conocía muy bien la obra del artista, puesto que había publicado dos libros sobres su composiciones y mantenía una estrecha relación tanto con él como con su hermano Diego Giacometti –Tony Shalhoub-. Precisamente, la película se basa en un volumen posterior de Lord en el que recuerda los días en que posó para Alberto y que Staley Tucci, más conocido en su faceta como actor, adaptó y dirigió para la pantalla grande.

El cuadro, una de las obras más valoradas de Giacometti da pie a que conozcamos más en profundidad la personalidad del artista. Inseguro y frágil, como casi todos los genios, y principalmente los de su generación, con un punto de locura bien representada por Geoffrey Rush, quien prácticamente eclipsa a todos sus compañeros de reparto. Con un pitillo siempre en sus labios, una escena clave nos habla claramente de su desapego al dinero. Tras recibir una importante cantidad, en presencia de Lord, entrega una parte a su hermano, otra se la reserva y el resto, la de mayor cuantía, la esconde en algún lugar de su estudio, como había hecho anteriormente con sus ingresos.

Casado con Annette Arm –Sylvie Testud-, su principal modelo cuando se estableció en París, compartía su tiempo con una prostituta de lujo llamada Caroline –Clémence Poésy-, por la que pagaba a sus proxenetas una fuerte cantidad tanto por sus servicios como por sus posados. Y hubiera abonado lo doble si se lo hubieran pedido. Su inestabilidad emocional caminaba a la par de sus sentimientos artísticos. Nunca estaba seguro de que su última obra estuviese a la altura de sus habilidades. En el caso del retrato, enmendó la totalidad varias veces ante la desesperación de Lord, que tuvo que modificar varias veces su reserva para regresar a Nueva York. En principio, sólo tendría que estar dispuesto una tarde, o dos a lo sumo, pero no se culminó el trabajo hasta llegar al décimo octavo día. Y aun así con reparos por parte del autor.

Hay que agradecer la disposición de Tucci por conseguir que esta producción no sea un biopic al uso. Realmente, se aparta de los cánones tradicionales del género. No hay flashbacks ni tampoco se necesitan para comprender la personalidad de Alberto Giacometti, en buena medida gracias al gran trabajo de Geoffrey Rush. Con una fotografía que tiende al blanco y negro, como reflejo de la época, un excelente diseño de producción, y la utilización en diversos pasajes de la cámara en mano como referencia al caos interior del protagonista, ya tenemos una idea suficiente de su personalidad.

A pesar de su escaso metraje, que no sobrepasa la hora y media, hay momentos en que la película muestra profundos valles, que alterna con pinceladas exitosas. Gira demasiado sobre sí misma, y acelera de forma extraña al final cuando, a pesar de sus deficiencias, consigue llegar de forma más directa al espectador. En momentos anteriores, donde se acumula un excesivo diálogo reforzado incluso con conversaciones en off, tiende al desinterés. Incluso, el tedio, como le sucede al personaje de la esposa del artista. Sufre en silencio los devaneos de su marido con Caroline aunque ella también se reconforma con amantes ocasionales.

La acción se centra fundamentalmente en la relación entre Giacometti y Lord, pero de forma más concreta entre el artista y el modelo. Por ello no profundiza en un rol tan interesante como el de Diego. Tampoco lo hace como se esperaba en la relación entre los dos personajes centrales. Esa superficialidad conlleva a que no se desarrolle el conflicto dramático, y se llegue a una vía muerta de la que resulta difícil salir. De ahí ese final atropellado y falto de envergadura. A cambio, queda patente la reflexión sobre la dificultad que conlleva cualquier creación artística y la sensación de duda que acompaña al autor. En este caso, mucho más, dada la inseguridad manifiesta de Alberto Giacometti.

From → Cine

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