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El instante más oscuro (Darkest Hour) (**1/2)

13 enero 2018

Sangre, trabajo, sudor y lágrimas

En 1940 Winston Churchill se convierte en Primer Ministro de Gran Bretaña. Se trata de un  momento crucial puesto que las tropas nazis se extienden por el continente e Inglaterra está a punto de negociar con Hitler. Sin embargo, el político inglés se enfrenta a sus correligionarios y al propio monarca en aras de la defensa de la isla.

La película llega precedida por el triunfo de su intérprete principal, Gary Oldman, en los Globos de Oro como mejor intérprete de drama. Ciertamente, este film puede presumir del trabajo de este camaleónico y excelente actor cuya carrera, hasta el momento, no se ha visto recompensada hasta ahora con galardones importantes. Él quien representa y luce esta producción en la que encarna a Winston Churchill, exhibiendo un parecido razonable gracias al excelente maquillaje de Kazuhiro Tsuji.

Se trata de la tercera propuesta cinematográfica esta temporada que tiene como referencia o toca de algún modo la Operación Dynamo, que tuvo su máximo esplendor en la pantalla grande por medio de Dunkerke, la versión rodada por Christopher Nolan. En este caso, desconocemos si por no querer competir en idéntico terreno, las imágenes bélicas quedan en un segundo plano para centrarse en la figura del recién nombrado Primer Ministro en 1940. Las tropas alemanas avanzan inexorablemente tomando el control de la Europa Continental y la oposición laborista exige la renuncia del Premier Neville Chamberlain –Ronald Piuckup- por encontrarlo demasiado débil.

Los conservadores quieren que sea Edward Wood, primer conde de Halifax –Stephen Dillane-, quien se haga con las riendas del Gobierno, pero él considera que es demasiado pronto para aceptar el cargo. Así, la responsabilidad recae finalmente en el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, a quien respalda el resto de los partidos pero no el suyo. Ni siquiera el propio rey Jorge VI –Ben Mendelsohn- apoya la decisión, puesto que el nuevo Primer Ministro se alineó con Eduardo VIII con motivo de su abdicación y, además, carece de una reputación excelente a raíz de su intervención en la campaña de Gallipoli.

Todo apuntaba a que Churchill iba a ser un hombre paso. Máxime, cuando en su toma de posesión anuncia sangre, trabajo, sudor y lágrimas. En su contacto inicial con su nueva secretaria, Elizabeth Layton –Lily James-, la hace llorar, por lo que encuentra la reprimenda de su esposa, Clementine Churchill –Kristin Scott Thomas- que, desde ese momento, se convertirá en su Pepito Grillo particular. El político sólo encuentra inicialmente respaldo en la figura de Sir Anthony Eden –Samuel West-, ya que el resto propone el armisticio con Hitler, nombrando incluso un intermediario italiano. Pese al dictamen del Consejo de Ministros, Churchill ordena un ataque suicida de distracción para llevar a buen término la Operación Dynamo.

Cuando todo está en su contra, y Halifax dispuesto a sucederle, es el propio monarca Jorge VI quien le visita para darle su respaldo puesto que no quiere exiliarse en Canadá una vez se firme la paz y Hitler invada Gran Bretaña. Poco a poco, va teniendo más apoyos e, incluso, sintoniza con el sentir de la mayor parte de la población. Así, dejará otra frase para el recuerdo: Lucharemos en las playas, refiriéndose a una esperada invasión alemana.

La historia es conocida y por ello el argumento predecible, lo que no es óbice para destacar el certero guion de Anthony McCarten, responsable igualmente de La teoría del todo. De esta forma, Joe Wright firma una película interesante, aunque no llegue a las cotas de Orgullo y perjuicio. Ha acertado en muchas cosas, como confiar en la hermosa partitura de Darío Marianelli y en la fotografía de Bruno Delbonnel, pero el conjunto parece mucho más de lo que realmente es. Por momentos, parece precipitarse a la inconsistencia, y entonces surge la figura de Gary Oldman para demostrar su calidad como intérprete y cumplir uno de los mejores trabajos de su dilatada e interesante filmografía.

Hay detalles que surgen del guion, como la utilización del inodoro que se convierte en confidente. Al fin y al cabo, tiene las mismas iniciales que el personaje central de este drama histórico, bien caracterizado y fiel a su leyenda de buen degustador de alcohol y fumador empedernido de cigarros puros. Otros momentos significativos se deben a la buena ejecución de Wright, como la secuencia del tren en la que prepara un discurso capital. Hay más claroscuros en la luminosidad de algunos fragmentos que contrastan con la opacidad de otros, representados por el momento en que Churchill toma un ascensor.

Aunque la ambientación está dentro de la habitual línea de perfeccionamiento británico, no es la mejor que se podía esperar. Tampoco los personajes secundarios. Aunque el reparto cumple con profesionalidad, los roles se nos antojan bastante planos, eclipsados siempre por la figura del protagonista, esencial en el devenir del siglo XX y, sobre todo, por la eficiencia de un grandioso Oldman, capaz por sí solo de convertir esta película en una producción para el recuerdo.

From → Cine

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