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Alto el fuego (Cessez-le-feu) (**)

10 agosto 2018

Heridas por cicatrizar

La Primera Guerra Mundial ha dejado secuelas traumáticas en dos hermanos. Uno de ellos no ha vuelto a articular palabra, aunque ahora una aplicada especialista intenta paliar su problema. El otro ha buscado el olvido en el Alto Volta y regresa a Francia para reunirse con su madre y su hermano.

La llamada Gran Guerra fue el primer conflicto bélico de los llamados modernos. El primero, según parece, que dejó traumas y heridas abiertas en la psique de los combatientes. Quizá se produjo esta novedad por la falta de crónicas anteriores, aunque lo cierto es que las secuelas en quienes participaron en la Primera Guerra Mundial fueron patentes. No solo en los hombres que fueron los participantes principales; también las mujeres, que tuvieron que sufrir la soledad y redoblar sus esfuerzos para que la vida pudiera continuar.

El cine francés nos ha dejado algunos ejemplos de estas consecuencias bélicas. Las guardianas se inscribe dentro de este subgénero, y ahora se presenta en España esta producción de 2016, escrita y dirigida por el primerizo Emmanuel Courcol, guionista habitual de Philippe Lioret. Aunque en su propuesta la guerra ocupa pocos minutos y se remite únicamente a la primera secuencia, el conflicto bélico está presente de manera constante en el film. Las imágenes iniciales son certeras. En una trinchera conocemos a quienes serán los protagonistas, aunque todo sucede tan rápido bajo el fuego enemigo que apenas los distinguimos. El realismo preside esta primera toma de contacto con una propuesta que, prácticamente de inmediato, salta a siete años después, en 1923.

Marcel Laffont -Grégory Gadebois-, violinista, vive en Nantes con su madre Louise -Maryvonne Schiltz-. No ha vuelto a hablar desde su regreso del frente en el que falleció su hermano Jean, quien militaba en la compañía del primogénito, el capitán Georges Laffont. Aunque han sido varias las personas contratadas para ayudarle, ninguna lo ha conseguido. Se queda mirando fijamente a través de la ventana y por eso Hélène -Céline Sallette- cambia de táctica. No pretende ponerse a su misma altura dentro de la vivienda, pero sí delante de él en la calle y comunicarse por medio del lenguaje de signos en un loable intento de que el hombre ceda en su actitud.

En Alto Volta, la actual Burkina Faso, se ha refugiado Georges -Romain Duris- para huir de los horrores de la guerra. Lejos de conseguirlo, ésta le ha perseguido también durante los últimos cuatro años. Por eso decide regresar a la capital francesa en busca de su madre y hermano. Le acompaña un artista Diofo -Wabinlé Nabié-, uno de los puntos fuertes del largometraje, y se lleva consigo una colección de máscaras tribales dejando a cambio su máscara anti gas con la que participó en el enfrentamiento bélico.

En la ciudad crece el drama. Hélène consigue progresos importantes con Marcel y se acrecienta la tórrida relación que inicia con su hermano. Hasta ese momento, Courcol nos presenta un producto elegante que se apoya en la formidable iluminación que refuerza la fotografía de Yann Maritaud y Tom Stern. Pasa de las verdes campiñas a los más oscuros salones de interior, en los que predomina el gris, aprovechándose de una época de contrastes en la que los años veinte dotaron de coloridos brillantes a los vestidos, especialmente a los femeninos.

Una vez presentados los personajes e iniciado el núcleo central, la película se vuelve tediosa. El innegable encanto de su propuesta técnica no discurre de forma paralela a un guion que se muestra predecible y que no depara ninguna sorpresa al espectador. También la puesta en escena se vuelve cada vez más plana y ni siquiera el final, que se aventura con antelación, supone que se revierta la tendencia lánguida que ya se ha apoderado de la propuesta.

La estética se aproxima cada vez más al formato televisivo, y la ausencia de riesgo comienzo a dominar la pantalla. Lo que nunca desaparece es el buen gusto y la espléndida recreación de la época. Son muchas cosas las que pretende contar Courcol y que se quedan en el tintero o no están lo suficientemente desarrolladas. Por ejemplo, la ola social que surgió tras la guerra y que propició la eclosión de los nacionalismos y, por ende, del nazismo. Ese mundo mejor con el que sueñan Georges y Hélène jamás se hará realidad.

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