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The Equalizer 2 (**)

9 agosto 2018

Hay dos clases de miedo

Robert McCall sigue combatiendo por su cuenta a los delincuentes, pero ahora se enfrenta con un caso que le atañe de manera muy profunda. Su amiga Susan  Plummer, ex compañera cuando era agente del Gobierno, ha sido asesinada por lo que encontrar a los culpables y hacer justicia se convierte en un empecinamiento personal.

El original fílmico de esta historia se estrenó en España con el título de El protector y en Hispanoamérica como El justiciero. Ahora se ha respetado el nombre en inglés para una segunda parte en la que vuelven a coincidir su estrella, Denzel Washington y el director, Antoine Fuqua. Un tándem que no ha conseguido acercarse ni por asomo a Tranning Day  -2001-, la cinta que le supuso el que hasta ahora es su último Oscar al actor.

También repite el guionista, Richard Wenk, aunque ahora no tiene el colchón de los creadores de la serie televisiva que triunfó en los años 80 para encontrar una historia más nítida. El desarrollo se pierde en diversas subtramas que resultan muy difíciles de aunar y que diluye la línea principal. Además, cuenta con un antagonista, Dave York –Pedro Pascal- al que le faltan mimbres y cuajo como para acercarse a una más que permisiva galería de personajes perversos.

Habíamos dejado a Robert McCall anunciándose como una especie de desfacedor de entuertos, que diría Cervantes. Por eso comienza el film con una acción en un tren que se dirige a Estambul para vengar un secuestro perpetrado por los mafiosos de turno. En esa secuencia expone una idea que no continúa en el film: la existencia de dos clases de dolor, el que se deriva de una enfermedad y el que tiene que ver con la tristeza. De regreso a Boston, el protagonista alterna su trabajo como conductor de vehículos de alquiler y el clásico justiciero que opera normalmente en la sombra.

McCall es, ante todo, un hombre bueno. No hay nada en su forma de ser que resulte pecaminoso, obsceno o contra natura. Por donde va hace el bien, salvo con los malos, a quienes elimina sin pena ni duelo. En toda la película se mantiene la idea del triunfo de lo bueno y de la ayuda solícita y servicial para con sus semejantes, pero eso no quita que el personaje central se comporte de la forma más inhumana con aquellos que trasgreden la ley natural. Se ha convertido en una especie de súper héroe con varias habilidades, que no vuela pero tiene un auto, como bien explica Miles –Ashton Sanders-, uno de los caracteres por los que se preocupa el protagonista, un muchacho de color con dotes artísticas que coquetea con el lado oscuro.

Este ex agente de la CIA solo parece tener como amigos a su excompañera Susan  Plummer –Melissa Leo- y a su esposo Brian –Bill Pullman-. Por eso, cuando ella es asesinada al investigar la muerte de una familia en Bélgica, se pone manos a la obra para hacer justicia. Se mueve como pez en el agua entre Boston y Washington, aprovecha su empleo como chófer de Lyft, una empresa de alquiler de vehículos bajo demanda, para llevar a cabo su otro trabajo como lobo solitario. Se preocupa del vecindario, y de algunos clientes, como el anciano –Orson Bean- que intenta recuperar una pintura robada a su familia por los nazis.

En su primer trabajo en una secuela de una de sus películas, Denzel Washington no puede levantar el vuelo ni sostener una producción que hace aguas. La historia apenas ofrece alicientes ni novedades, mientras que la labor de Fuqua tampoco resulta lo suficientemente habilidosa como para elevar un guion tan débil. Los planos cenitales o aquellos en los que la cámara está situada boca abajo tampoco nos parecen epatantes y la oscuridad del relato no sirve para eliminar los problemas concatenados que se plantean.

Al conjunto le falta fuerza por el empeño loable de pretender ir mucho más allá de una historia convencional. Pretende buscar el lado humano, revestir al personaje central con más aristas de las necesarias y todo ello va en contra de la historia principal No consigue ser transgresora ni emocionar. Si en lugar de Denzel Washington el protagonista hubiera sido algún especialista en este tipo de relatos, desde Chalers Bronson a Steven Segal, seguro que estaríamos hablando de una producción para el olvido. Este título tampoco quedará para el recuerdo pero en él encontramos méritos que le apartan del encefalograma plano. Del binomio actor/director hay que esperar siempre bastante más y, sobre todo, exigirles que, cuando menos, no se entreguen a un final tan condescendiente.

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