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Matar a Dios – (**1/2)

22 septiembre 2018

Navidades en familia,,, y el apocalipsis

Cuatro miembros de una familia se disponen a pasar las Navidades en una casa apartada cuando irrumpe un enano que dice ser Dios. El recién llegado anuncia que el fin de la Humanidad llegará con el alba y que en la mano de los residentes está salvar a dos personas de la hecatombe. Naturalmente, todos quieren sobrevivir.

Noche oscura, un hombre –Francesc Orella – conduce un automóvil con su hija mayor en el asiendo del copiloto. En la parte de atrás, un bebé. De repente, el hombre frena porque algo o alguien interrumpe su paso en la calzada. En apariencia, es un ser de baja estatura vestido de forma extraña. Les cierra el paso aunque intenten moverse a un lado o a otro. Desde el exterior, La extraña figura les anuncia que morirán en breve. Poco después de franquearles el paso, se estrellan contra un árbol. Los tres ocupantes perecerán al explotar el vehículo.

Pasamos al interior de una vivienda aislada. Un matrimonio prepara la cena.  El irascible Carlos –Eduardo Antuña- le reprocha a su esposa Ana –Itziar Castro-, una mujer muy entrada en kilos- que haya recibido un mensaje en su móvil remitido por su jefe en el que afirma haber pasado la mejor noche de su vida. Llegan los dos invitados que esperaban. El cuñado de Carlos –David Pareja- es una persona inestable psíquicamente, muy afectado porque su novia se ha ido con otro hombre; el padre de los dos varones – Boris Ruiz- vive su vida alegremente, al límite. Aquejado de bastantes males, tras la muerte de su esposa se ha refugiado en los excesos de todo tipo, incluido el sexo.

Los cuatro ponen al descubierto sus miserias. La infidelidad o la falta de una pareja es el común denominador de los personajes planteados por Caye Casas y Albert Pintó, que debutan como responsables de un largometraje después de media docena de cortos. Se han instalado en una casa recargada, que de por sí mete miedo. Alberga una serie de fetiches del género, incluso en los dormitorios. Los cuadros abundantes en todas las estancias no se quedan atrás, incluida una versión de Judith y Holofernes. Poco a poco, los cuatro desnudan su interior. Parecen surgidos de una parada de los monstruos light que, integrados en el conjunto recuerdan a una extraña troupe de las maravillas.

Entre situaciones que rozan el absurdo y una puesta en escena que recuerda al Alex de la Iglesia más transgresor, las insinuaciones buñuelianas se ratifican con la aparición de otro personaje, el enano que vimos en la secuencia de apertura. Es Dios –Emilio Gaviria-, o tal vez un vagabundo llamado Carlos Garcia Vidal, natural de Tarazona. Su presencia en esa casa solitaria, acongoja. Mucho más cuando anuncia a la familia protagonista la llegada del fin de la Humanidad coincidiendo con el alba. No habrá ningún diluvio ni una catástrofe global. Solo llegará de repente y en la mano de los cuatro atribulados personajes está salvar a dos seres humanos. Deben escribir los nombres en un papel. Como es lógico, cada cual pugna por ser uno de los elegidos.

La historia es sencilla, pero se le saca partido en su desarrollo. Se convierte en una comedia negra inteligente aunque llena de absurdos que se compenetran con unos personajes esperpénticos que ofrecen su máximo exponente en u Dios enano y una protagonista superlativa en carnes. Tanto Itziar Castro como Emilio Gaviria enriquecen sus personajes. Como sucede con los demás, lo importante es abandonar complejos y mostrarse siempre como son, sin importarles el qué dirán.

La mayor debilidad se encuentra en las subtramas, que no terminan de enganchar. Un ejemplo es el irregular gag de la tortilla. Previsible al inicio y convincente al final.  Todo ello, en una exposición teatral, que se enmarca en un decorado prácticamente único y que se podría convertir en una pieza dramática sin demasiado esfuerzo. El mérito de sus responsables  es que casi eliminan esa sensación gracias unos caracteres grotescos, cercanos al guiñol, que consiguen arrancar más carcajadas cuando coquetean con el gore. Gracias a todo ello, el espectador se entretiene, lo que se demostró en el festival de Sitges cuando se llevó de calle el Premio del público.

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