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Girl (***)

28 septiembre 2018

Transgénero, ballet y pubertad

Una chica de quince años, nacido en el cuerpo de un niño, sueña con ser una gran bailarina. Mientras se prepara en una exigente academia aguarda con inquietud el cambio de sexo y, ante el interés de su comprensivo padre porque asuma el momento con naturalidad, se muestra esquiva y muy introvertida.

No somos quienes para enjuiciar si esta película es o no necesaria y si resulta un libre alegato en favor de la aceptación social de los transgénero. Nuestra opinión en ese sentido dista mucho de ser la de un experto y, por ello, entendemos que debe quedar al margen de lo que verdaderamente nos ocupa, la crítica cinematográfica. Hablemos pues de la sorprendente ópera prima del belga Lukas Dhont y de un actor que cautiva en su debut ante las cámaras, Victor Polster, un bailarín real que se muestra riguroso y entrañable en el papel de Lara, la joven quinceañera nacida en el cuerpo de un chico.

Comienza el film con la protagonista perforándose las orejas. Quiere llevar pendientes. Se muestra en extremo afectiva con su hermano menor, Milo –Oliver Bodart- y sueña con entrar en una exigente escuela de ballet. Su afición y el empeño que muestra por conseguir su propósito bastan para concederle un período de prueba, aunque deberá trabajar más que nadie debido a sus condiciones físicas y al hecho de haberse acercado a esa disciplina demasiado tarde. Cuenta con la ayuda y beneplácito de su comprensivo padre, Mathias, personaje que Arieh Worthalter eleva hasta situarse a la altura del director y el intérprete principal.

Lara, el eje central de la historia, está a punto de cumplir dieciséis años y muestra los problemas y las inquietudes clásicas de los adolescentes. Máxime, en su caso, cuando está en vísperas de cambiar su sexo y después de haberse mudado de ciudad. Su padre, taxista, continúa con su oficio y supone que no hay problemas para que Milo, de seis años, haga nuevos amigos. En cuanto a su hija, podrá estudiar en la academia de ballet por la que suspira desde hace tiempo.

En ningún momento Dhont cae en la complacencia, pero tampoco asume demasiados riesgos por lo que el dramatismo se queda ausente en la mayor parte de su propuesta, salvo el final. Con una puesta en escena a base de primeros planos, sigue a Lara en todo momento, si bien intenta profundizar en su psique. El conflicto no viene desde el exterior porque se encuentra en ella misma. Es más, a su alrededor la aceptación es máxima, incluidas las prestaciones de su psiquiatra –Valentijn Dhaenens- y la doctora Naert –Katelijne Damen-. Ambos tratan de que su paso a convertirse en autentica mujer sea lo más natural y menos doloroso posible.

La ausencia de conflictos no es absoluta, pero sí lo suficientemente diluida como para que el dramatismo no alcance cotas demasiado elevadas. Las relaciones de Lara con su padre son cada vez menores ante el carácter reservado de la muchacha, condicionada también por su edad. En cuanto a sus compañeros, la situación podría ser mucho más insostenible, aunque las chicas admiten desde el primer momento que no tienen problemas en compartir vestuario. Hay una secuencia más tensa, cuando ellas le piden a la protagonista que muestre su sexo. Es una situación humillante que se amortigua lo suficiente como para no herir susceptibilidades.

El film exhibe momentos álgidos, como la satisfacción que encuentra Lara cuando alguien piensa en ella como una auténtica mujer. Quizá, nos quedamos con la semejanza, que no paralelismo, del cordón de sus zapatillas de ballet y el esparadrapo con el que difumina sus atributos masculinos a la hora de bailar. Por el contrario, otras posibilidades se esbozan sin que en ningún momento lleguen a desarrollarse. Por ejemplo, la indefinición sexual de la protagonista y sus dudas en ese sentido, que tanto le hacen mirar el trasero de otras chicas como tener un lance sexual con Lewis –Tijmen Govaerts- un joven vecino. El despertar está latente, solo eso. Otro punto importante es cuando Milo llora y le llama Víctor, lo que a ella le repudia. El lance se queda ahí.

La película, candidata por Bélica a los Oscars y ganadora del premio de interpretación en una de las secciones de Cannes, resulta cuando menos incómoda. No solo por el planteamiento y la espera de un dramatismo que nunca llega. Su responsable se excede en los primeros planos y juega con los espejos de la sala de ensayos. Lara lo es por partida doble, incluso en su reflejo. Más adelante, veremos su imagen distorsionada, pero ese juego que propone Lukas Dhont no llega a ser del todo convincente.

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