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El ángel (***)

29 octubre 2018

Llámale Carlitos

Es un adolescente con cara de niño, de rizos rubios y ojos azules al que lo único que le gusta realmente es robar. Cuando conoce a Ramón quiere impresionarle y llega a conformar una banda con su nuevo compañero y el padre de éste. En total, se supone que el chaval cometió once homicidios y más de cuarenta robos. El mote se lo puso uno de los inspectores encargados del caso. Sería por su aspecto frágil y angelical. El caso es que Carlos Robledo Puch entró en la cárcel el día que cumplió 20 años. Le falta un lustro para acumular medio siglo entre rejas y es el interno más antiguo del país. Es difícil explicar su caso, que causó gran revuelo en Argentina, el de un muchacho que vive en un barrio de la zona norte de Buenos Aires, cuyo padre –Luis Gnecco- trabaja en la General Motors y su madre –Cecelia Roth- es un ama de casa. La historia arranca en 1971 y en la pantalla el protagonista confiesa en off que le gusta robar. Penetra en las viviendas que se encuentran vacías para desvalijarlas y si se encuentra con alguien lo saluda sin más. Disfruta con sus actos, pone un disco y baila. Se regocija, sin recochineo pero con tranquilidad y confianza. Sus actos no son codiciosos ya que regala a otros el producto de sus fechorías. El chico debía de tener un pasado delictivo. Se cambia de colegio y su novia Marisol –Malena Villa- le inquiere sobre su estancia en el reformatorio a lo que él califica como breve a consecuencia de un error. Carlos, de sexualidad contradictoria, tiene especial interés en un compañero del nuevo centro educativo, Ramón Peralta –Chino Darín- y queda más fascinado al conocer a sus padres. Ana María –Mercedes Morán- es una mujer insatisfecha que, cuando le provoca recibe una respuesta contundente del protagonista, quien afirma preferir a su marido, José –Daniel Fanego-, entusiasmado también porque tiene una pistola, lo que desemboca en el robo de una armería. Está claro que no quieren que le llamen rubio. Prefiere Carlitos. La escalada de violencia no tiene fin. Comienzan los asesinatos, porque el chico tiene el dedo fácil para apretar el gatillo, y prosiguen los robos. Ramón demuestra que, a pesar de salir con la hermana gemela de la novia de Carlos, no hace ascos a encuentros sexuales con un hombre. El acercamiento entre los dos jóvenes se deja entrever, hasta que El Ángel –Lorenzo Ferro- prosigue su vida delictiva con otro muchacho, Miguel Prieto –Peter Lanzani. En realidad, se supone que Carlos dio muerte a sus dos socios. Un acreditado cineasta, como Luis Ortega, responsable entre otros filmes de Lulú -2914- se hizo cargo de un proyecto apadrinado por la productora de Pedro y Agustín Almodóvar. El resultado es una película de género muy personal a pesar de las claras influencias. La época nos traslada a las primeras obras del propio Almodóvar, pero también hay referencias cinematográficas de Martin Scorsese y, sobre todo, de Quentin Tarantino. En especial, por la forma en que se producen los actos más violentos, no exentos del humor negro que caracteriza la obra del genio de Tennessee. La dirección artística es muy convincente, al igual que el tratamiento del color. La acción puede transcurrir en cualquier ciudad del mundo, y la ciudad de Buenos Aires no forma parte del paisaje. Se han modificado los nombres reales, a excepción del de Carlos Robledo Puch. Por ese motivo, Jorge Ibáñez es sustituido por Ramón Peralta y Héctor Somoza por Miguel Prieto. La cinta nos retrotrae a la época en que se rodaban historias de delincuentes comunes, desde las aventuras de Bonnie & Clyde hasta las obras de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma, si bien en este caso se advierte más oropel y un sentido estético muy superior. Con una actuación rutilante de  Lorenzo Ferro, del que nadie diría que se pone por primera vez ante las cámaras, la propuesta nos deja luces y sombras. Aquellas provienen del envoltorio, mientras que las partes más débiles afectan a los motivos de un criminal que parece satisfacerse con robos y asesinatos de una forma autocontrolada. Se deja entrever un problema psicológico, de ahí un plano que remite a La naranja mecánica y que puede despistar un poco. Luis Ortega se limita a mostrarnos el cómo pero deja aparte las razones que motivaban a Carlos. De la misma forma, hay elipsis muy afortunadas y otras que dejan libertad al espectador, lo que sirve más que nada para alimentar sus dudas.

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