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2020 (**1/2)

26 noviembre 2020

La epidemia que ha cambiado nuestra vida

Tras los primeros casos en España de la Covid-19 el documentalista Hernán Zin salió a la calle con su cámara para contar en imágenes lo que los informativos aseveraban a diario.  Indaga también en el carácter humano, los sentimientos, y las secuelas de una pandemia que ha modificado nuestros hábitos y nuestras conciencias.

Podría ser el título de una película de catástrofes, y en realidad lo es. Igualmente, nos podría evocar una profecía apocalíptica, y también hay algo de ello en el último trabajo documental del italo-argentino Hernán Zin, afincado en España desde hace más de dos décadas. Su desempeño como reportero de guerra nos dejó en shock con Morir para contar y ahora vuelve a revolver nuestras entrañas con sus imágenes y los testimonios relacionados con la Covid-19.

Algo vio Zin en los primeros días de la expansión del virus para presentarse en el Hospital Universitario de Torrejón de Ardoz y hablar con un par de médicos y diversos sanitarios mientras llevaban a cabo su trabajo. En otros centros no se podían creer lo que estaba pasando en la urgencia de ese dispensario y la saturación que se preveía en sus dependencias. La ola, sin embargo, se fue extendiendo, y España fue uno de los países más golpeados.

Las imágenes son elocuentes, y los testimonios también. Los únicos reproches pueden venir desde el punto de vista cinematográfico, porque parece un producto tan hecho con las tripas y la premura, que podría estar mejor rematado. Algo más pensado. Su gran valor es que pone los pelos de punta. Se vuelca en lo social y nunca en lo político. Si hubiera conseguido alguna imagen de la morgue levantada en el Palacio de Hielo habría subido todavía más la intensidad y el remate sería magnífico.

De las declaraciones de los sanitarios se pasa a los sin techo, que sufrieron en primera persona el estado de alarma durante más de un mes. No tenían a donde ir y ningún recurso para continuar adelante. Se referencia el trabajo de las ambulancias y el drama de las residencias de mayores, y de cómo los bomberos apenas daban abasto para sacar los cadáveres de sus dependencias. Los pasillos marcados en rojo eran sinónimo de muerte. Y las mascotas, que se quedaban sin dueños a causa del virus. Gracias a distintas entidades solidarias podrían disponer en adelante de techo y comida.

Los planos de Madrid sin gente parecen de una película de ciencia ficción. No son resultado de efectos especiales como sucedía en Abre los ojos de Alejandro Amenábar. La Gran Vía o la Plaza Mayor vacías. Pasa por alto Zin la ausencia de actividad comercial y la ruina en el tejido económico que ello conlleva. Se vuelca totalmente en lo humano. Como ese sobreviviente que antes de la enfermedad no tenía miedo a la muerte y ahora, cuando necesita la ayuda indispensable de terceros, solo quiere vivir aunque sea en condiciones muy reducidas.

Creo que a estas alturas la mayoría hemos tomado conciencia de esta pandemia que causa efectos inesperados y secuelas sin pronósticos. Quienes a estas alturas todavía naveguen en la incertidumbre o no tomen las medidas adecuadas, deberían de ver este documental construido desde el dolor y la realidad. Rodado con la necesidad de narrar la angustia y de exponer lo sucedido para que no se extienda de nuevo. Si los reporteros de guerra mueren para contarlo, los enfermos de Covi-19 y quienes, de momento, estemos libres del virus, tenemos que vivir para relatarlo, y evitar situaciones análogas en el futuro.

From → Cine

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