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La última lección (L’heure de la sortie) (***1/2)

22 mayo 2019

Fuera de clase

Un profesor interino se hace cargo de una clase cuyos alumnos sufrieron la pérdida de un profesor, quien se suicidó en su presencia. Seis de los estudiantes se muestran fríos ante el suceso y el nuevo docente estima que poseen un carácter hostil y que están preparando un plan consecuencias inesperadas.

Estamos acostumbrados a historias en las que profesores con más o menos experiencia se enfrentan a niños difíciles. Otras veces son las dos partes quienes se alían para encontrar un futuro mejor. Lo que nos resulta más ajeno es cuando una clase, o al menos parte de ella, se salen con la suya contra viento y marea. Especialmente, cuando su meta no parece demasiado asumible. Gracias a ello, Sébastien Marnier ha compuesto un thriller psicológico de bastante entidad. La presión se traslada al espectador que se encuentra desconcertado ante unas situaciones inesperadas.

Los alumnos se enfrentan a un examen de literatura. Su profesor les vigila, abre una de las ventanas del aula y se lanza al vacío. El centro no tarda en encontrar un sustituto en la persona de Pierre –Laurent Laffite-. Lo primero que intenta es familiarizarse con sus estudiantes, y especialmente se centra en los dos delgados de curso, Apolline –Luàna Bajrami- y Dimitri –Victor Bonnel-. Junto a otros cuatro compañeros, que suman la mitad de un aula de superdotados, no han expresado sentimientos de ningún signo por la pérdida de su tutor.

Los seis se muestran esquivos. Los doce educandos se incluyen dentro de un programa especial que permite reunir en una misma clase a un conjunto de adolescentes con una inteligencia superior a la media. Pierre advierte muy pronto su hostilidad y sospechan que maquina un plan de consecuencias imprevisibles. Se comportan con una superioridad palpable y se manifiestan por encima de sus educadores. Es por ello que se decide a seguirles fuera de clase y lo que ve le deja perplejo. Acometen una serie de actos que no considera apropiados e incluso los graban con sus teléfonos.

Hay una barrera generacional evidente. Para los chicos un DVD es un objeto del pasado. No vale que Pierre, a sus cuarenta años, muestre sus tatuajes, no quiera compromisos sentimentales y se encuentre preparando una tesina sobre Kafka. Las diferencias entre el profesor y los alumnos se acrecientan a medida que los conocemos más a fondo, lo que juega a favor de la intriga que se pretende. La atmósfera cortante se salpica con imágenes de desastres naturales o provocados por el hombre. Desde maremotos a las consecuencias de los vertidos plásticos.

De por sí, la lucha psicológica entre el institutor, quien piensa que los adolescentes buscan también su suicidio, y los más destacados de su clase resulta adictiva por sí sola. No os dais cuenta de lo que está pasando delante de vosotros, llegan a decir. Una afirmación válida también para el espectador, que en ocasiones no percibe el juego que se le presenta ante sus ojos. Inquietud es la palabra que mejor define esta puesta en escena, motivada por los aventajados discípulos fuera de clase en todos los sentidos. Tanto como por su aura de superdotados como por los acontecimientos que tienen lugar cuando abandonan las aulas.

En su intento de redondear el filme, Sébastien Marnier presenta historias colaterales relacionadas con el claustro de profesores, que atañen especialmente al responsable de deportes –Gringe-, al de ciencias –Grégory Montel- y la profesora de música y directora del coro –Emmanuelle Bercot-. También ellos tienen sus secretos y sus salidas de tono. Contribuyen a crear un aura muy especial en el que consideramos que todos los personajes tienen algo que esconder o que están afectados por problemas psicológicos de compleja solución. No todos resultan igualmente acertados.

Pierre está tan alejado del personaje central de El club de los poetas muertos como sus alumnos de aquel ramillete de jóvenes inconformistas y psíquicamente bastante más inestables. Estos alumnos de hoy se enfrentan al carpe diem reafirmando su superioridad. Parecen saberlo todo y sus esperanzas son nulas. Cómo tenerlas si vivimos en un mundo abocado inexorablemente a una catástrofe ecológica. Los adultos no reparan en ello porque las consecuencias serán para los más jóvenes y estos se enrocan ante la posibilidad de que no haya futuro. De ahí el final tan endiabladamente acongojante.

From → Cine

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