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Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Never Rarely Sometimes Always) (***)

27 septiembre 2020

Nunca, casi nunca, a veces, siempre – Un aborto en Nueva York

Una muchacha de 17 años, que trabaja en un supermercado en Pensilvania, se encuentra con un embarazo inesperado. Ante las trabas que le ponen en su localidad de origen se marcha en autobús a Nueva York junto a su prima con la intención de abortar. Deben de pasar dos días en la ciudad sin un techo en el que cobijarse.

El título de este tercer largometraje de Eliza Hittman tiene que ver con el cuestionario que una asistente social le efectúa a la protagonista una vez que ha llegado a Nueva York con la intención de abortar. Gracias a sus respuestas, en las que tiene que elegir nunca, casi nunca, a veces, siempre, o incluso quedarse callada, sabemos que fue objeto de abusos sexuales y físicos. Un trabajo tan honesto como descarnado que habla mucho mejor de la marginación de la mujer que la mayoría de obras pensadas únicamente en esa temática y que, a diferencia de esta, parece que están más confeccionadas con el aparato reproductor que con el cerebro.

Autumn -Sidney Flanigan- es una muchacha de diecisiete años que trabaja como cajera de un supermercado en su pequeña ciudad natal. La conocemos en un festival del colegio interpretando con su guitarra He’s Got the Power, el tema de The Exciters. Probablemente, es el único momento de distensión de la película. Desde ese instante, y a cada dato que conocemos, se vuelve más triste y desolador. Y también es impactante, hasta el punto de erigirse como una de las mejores propuestas independientes del año. Le refuerza el Premio Especial del Jurado en Sundance y el Gran Premio del Jurado en Berlín. Además, cuenta con una espléndida debutante en el papel principal.

Poco después de ese episodio sabemos que Autumn está embarazada. En una clínica local le dicen que de diez semanas, pero no puede interrumpir su embarazo sin el consentimiento de sus padres. Intenta provocar el aborto a base de medicamentos e incluso lacerándose su tripa. Ante la imposibilidad de conseguir su propósito le confiesa su situación a su prima Skylar -Talia Ryder-, quien roba el dinero en efectivo de la caja del establecimiento en el que ambas trabajan y compra dos boletos de autobús para desplazarse a Nueva York. En el viaje conocen a Jasper -Théodore Pellerin-, un joven que desde el primer momento se siente atraído por Skylar, aunque ella pretende evitarlo.

En la Gran Manzana le confirman que su embarazo es realmente de dieciocho semanas y que la intervención, en régimen abierto, se prolongará dos días. De esta forma, consumen prácticamente todo el dinero y se quedan sin efectivo para regresar a Pensilvania. El reencuentro con Jasper será una válvula de escape, si bien haya que pagar un precio no deseado para que las chicas puedan terminar lo que habían empezado. No en vano se encuentran en una ciudad que se exhibe como inhóspita e impersonal.

Hay secuencias desgarradoras en una propuesta que cada vez nos introduce más en un drama sin concesiones que tiene, a su vez, una cierta vertiente onírica. Autumn es introvertida y distante. A veces tiene reacciones inexplicables. Quizás, todo se deba a los abusos sufridos de los que le informa sin confesarlos a la trabajadora social de Planned Parenthood -Kelly Chapman-. En ese momento comprendemos muchas cosas, como cuando le da su mano de forma clandestina a Skylar mientras su prima se besa con Jasper. Son dos momentos álgidos y terribles. Una descripción brillante de la violencia de género y la marginación de la mujer, especialmente en el mundo rural, y más concretamente en la América profunda, si bien parece extrapolable a cualquier otra localización similar. No olvidemos a esa doctora que, lejos de ser comprensiva, le muestra videos antiaborto.

Las dos jóvenes, prácticamente adolescentes, se encuentran solas en Nueva York, sin techo y sin otro calor humano que aquel que pueden proporcionarse mutuamente. El tema no resulta especialmente original, pero la apuesta de Hittman está desposeída de cualquier ornamento. Ni siquiera aprovecha los rascacielos ni las postales típicas de la ciudad para iluminar su relato. Confía en los planos cortos de su protagonista, en su carácter retraído y en lugar de la Estatua de La Libertad prefiere una bolera, al tiempo que cambia el Empire State Building por un karaoke. Así nos introduce en un campo de minas, un terreno lleno de espinas en el que, sin embargo, nos dejamos atrapar sin herirnos, aunque nos quede un sabor amargo que nos hará reflexionar.

From → Cine

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